Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Pintura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Pintura. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de marzo de 2025

La maja vestida, de Goya

Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) se formó como pintor en el taller de José Luzán (1760-1761), en la Real Academia de Bellas de San Fernando (1763-1766), en Roma (1770-1771) y con Francisco Bayeu a su regreso a España. Destacó como cartonista, grabador y pintor; como cartonista en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara (1775-1792); como grabador con sus series Los Caprichos (1799), Los Desastres de la Guerra (1815), La Tauromaquia (1816), Los Disparates o Proverbios (1820-1823) y Los toros de Burdeos (1825); y como pintor desarrolló los más diversos géneros: religioso con los  Frescos de la iglesia de San Antonio de la Florida (1789), histórico con El dos de mayo de 1808 en Madrid y El tres de mayo de 1808 en Madrid, ambos de 1814, y el retrato con Los duques de Osuna y sus hijos (1788), La duquesa de Alba (1795), La maja desnuda (1795-1800), La condesa de Chinchón (1800), La familia de Carlos IV (1800-1801) y La maja vestida (1800-1807). Entre su producción más singular se cuentan las Pinturas Negras de la Quinta del Sordo en Madrid (1800-1823). Fue nombrado pintor del rey en 1786, pintor de cámara en 1789 y primer pintor de cámara en 1799.

Francisco de Goya: La maja vestida, 1800-1807.
Estilo: Romanticismo.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Temática: Retrato.
Dimensiones: 97 x 191 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

  

La maja vestida fue un encargo que Manuel Godoy, valido de Carlos IV, realizó a Goya. Se trata de un retrato de Pepita Tudó, primero amante y luego esposa de Manuel Godoy. Este cuadro vino a hacer pareja con La maja desnuda, también pintada por Goya entre 1795 y 1800.

Goya retrató a una mujer segura de su belleza, que mira de frente al espectador. Aparece recostada sobre un canapé de color verde oscuro, descansando sobre unos grandes almohadones enfundados en una tela blanca, igual que la colcha que cubre la parte inferior del canapé; luce un vestido blanco con escote en uve, una lazada rosa, que ciñe la cintura, una chaquetilla corta con mangas negra y anaranjada y zapatos dorados; bajo la cadera de la mujer se aprecia una empuñadura, que puede ser la de un abanico; el vestido remarca una silueta femenina bien definida y muy femenina; los brazos están abiertos, las manos se enlazan detrás de la cabeza, las piernas aparecen apenas flexionadas; el cabello es negro y está peinado a la moda de finales del siglo XVIII y principios del XIX. El fondo del cuadro es neutro, pero ofrece distintas tonalidades.

La paleta de colores es escasa: blanco para las fundas de almohadones, colcha y el vestido de la dama, negro para su cabello, ojos y chaquetilla que viste, anaranjado para la chaquetilla, encarnado para su piel y rosado en las mejillas, verde para el canapé y marrón para el fondo.

El foco de luz es exterior y se encuentra en la parte superior izquierda, lo cual explica que las sombras se proyecten hacia el lado derecho del lienzo. La mujer recibe la mayor cantidad de luz, apareciendo oscuras otras partes del cuadro.

Se combinan pinceladas sueltas y pastosas, no estando el dibujo definido de manera nítida en algunas de las partes del cuadro.

La maja vestida primero formó parte de la colección privada de Manuel Godoy. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) se mantuvo en depósito en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La Santa Inquisición reclamó La maja vestida y La maja desnuda por considerarlas “pinturas obscenas”, y juzgó a Goya, absolviéndole por la influencia que ejercicio el cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, pero los cuadros quedaron bajo custodia de la Santa Inquisición. En 1836 quedó en depósito en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde 1901 se exhibe en el Museo Nacional del Prado.

sábado, 8 de febrero de 2025

La rendición de Granada, de Francisco Pradilla

Francisco Pradilla (Villanueva de Gállego, 1848-Madrid, 1921) se formó en Zaragoza y Madrid, donde estudió a los grandes maestros de la pintura. En 1874 fue pensionado para completar su formación en la Academia de España en Roma. Como colofón a su estancia en Roma pintó Doña Juana la Loca (1877) por el que obtuvo la Medalla de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid (1878) y la Medalla de Honor en la Exposición Universal de París (1878). Se distinguió como pintor de cuadros de temática histórica de gran formato, tales como La rendición de Granada (1882), La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina (1906) y Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla (1910).

Francisco Pradilla: La rendición de Granada, 1882.
Estilo: Romanticismo.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Temática: Histórica.
Dimensiones: 330 x 550 cm.
Palacio del Senado, Madrid, España.

  

El Senado encargó a Francisco Pradilla la realización de una pintura que reprodujese una escena relacionada con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492. El cuadro habría de exaltar la unidad española y gloria nacional.

Francisco Pradilla se documentó para la realización de La rendición de Granada visitando la Capilla Real de Granada y el Museo del Ejército para conocer objetos militares y otros de finales del siglo XV, textos contemporáneos a los hechos representados, estudió los retratos de los Reyes Católicos hechos hasta entonces y viajó a Marruecos para conocer los rasgos físicos y vestuario de la población autóctona. Realizó numerosos dibujos y bocetos preparatorios en Granada para estudiar la atmósfera y el paisaje de la ciudad, pero el cuadro lo terminó en Roma en 1882, donde fue expuesto antes de que fuese alojado en el Senado de Madrid en 1883. También fue exhibido en Múnich en 1883 y en la Exposición Universal de París de 1889. En todas las ciudades la crítica fue favorable.

En La rendición de Granada se recoge el momento en el que Boabdil, último rey nazarí de Granada, se rinde y entrega las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492.

En primer plano se sitúan los ejércitos cristiano y musulmán. El ejército cristiano ocupa la mitad derecha del cuadro y se dispone en una diagonal izquierda derecha, desde la esquina inferior hasta el centro de la escena; los personajes que aparecen son el rey de armas con dalmática en la que aparecen representados los símbolos de los reinos que componían en ese momento la Monarquía Hispánica (León, Castilla, Aragón y Sicilia), el paje real, que sujeta el caballo blanco sobre el que monta la reina Isabel la Católica, que viste saya, brial, manto real, toca, joyas y corona, la princesa doña Isabel sobre una mula baya, el príncipe don Juan sobre caballo blanco, el rey Fernando el Católico, que viste un manto veneciano, monta un caballo bayo, que sujeta un paje real; además, entre las filas del ejército castellano aparecen el conde de Tendilla, el Gran Maestre de la Orden de Santiago, don Gonzalo de Córdoba, el duque de Medina-Sidonia, el marqués de Cádiz, Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel la Católica, y diversas damas; entre los elementos que portan los miembros del ejército cristiano destacan las cruces para simbolizar el triunfo del catolicismo sobre el islam. Entre los dos ejércitos se abre un camino embarrado en el que aparecen marcadas las rodadas de varios carros. El ejército musulmán ocupa poco menos de un tercio del lado izquierdo; se reconoce al rey Boabdil sobre un caballo negro, que se adelanta a sus hombres para entregar las llaves de la ciudad de Granada a los Reyes Católicos. Al fondo, en el último plano y en altura, aparece la ciudad de Granada, distinguiéndose el barrio del Albaicín por sus casas blancas y la Alhambra por sus muros rojo arcilla.

Las marcas de los carros sobre el barro marcan la perspectiva en el cuadro. La perspectiva aérea permite reproducir la atmósfera entre los personajes y elementos que  componen la escena.

En la paleta de colores predomina las tonalidades azul, blanco, negro, ocre, rojo y verde.

La reproducción de la luz es realista, abriéndose paso entre las nubes después de un día lluvioso.

Francisco Pradilla demostró su virtuosismo técnico en la reproducción fidedigna de las texturas y del más mínimo detalle de los objetos que aparecen en el cuadro, desde la vestimenta de los personajes al barro del suelo.

Francisco Pradilla no recibió ningún premio por La rendición de Granada, pero es el cuadro más popular de los que pintó y el que más fama le ha dado. El rey Alfonso XII le entregó la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica y el Senado le abonó el doble de la cantidad contratada por la realización de la obra.

sábado, 26 de octubre de 2024

La maja desnuda, de Goya

Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) se formó como pintor en el taller de José Luzán (1760-1761), en la Real Academia de Bellas de San Fernando (1763-1766), en Roma (1770-1771) y con Francisco Bayeu a su regreso a España. Destacó como cartonista, grabador y pintor; como cartonista en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara (1775-1792); como grabador con sus series Los Caprichos (1799), Los Desastres de la Guerra (1815), La Tauromaquia (1816), Los Disparates o Proverbios (1820-1823) y Los toros de Burdeos (1825); y como pintor desarrolló los más diversos géneros: religioso con los  Frescos de la iglesia de San Antonio de la Florida (1789), histórico con El dos de mayo de 1808 en Madrid y El tres de mayo de 1808 en Madrid, ambos de 1814, y el retrato con Los duques de Osuna y sus hijos (1788), La duquesa de Alba (1795), La maja desnuda (1795-1800), La condesa de Chinchón (1800), La familia de Carlos IV (1800-1801) y La maja vestida (1800-1805). Entre su producción más singular se cuentan las Pinturas Negras de la Quinta del Sordo en Madrid (1800-1823). Fue nombrado pintor del rey en 1786, pintor de cámara en 1789 y primer pintor de cámara en 1799.

Francisco de Goya: La maja desnuda, 1795-1800.
Estilo: Romanticismo.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Temática: Retrato.
Dimensiones: 97 x 191 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

  

Apenas había retratos de mujeres desnudas en la pintura española debido a la prevalencia de los principios contrarreformistas y la influencia de la Iglesia. Los desnudos femeninos eran los de la diosa Venus acompañada por Cupido, caso de Venus del espejo (1647-1651), de Velázquez. Por ello, La maja desnuda es un cuadro revolucionario: se trata del primer desnudo femenino de una mujer real en la pintura española. Goya siguió la tipología de la diosa Venus tendida sobre un lecho, pero prescindiendo de Cupido.

Goya retrató a una mujer segura de su belleza, que mira de frente al espectador. Aparece recostada sobre un canapé de color verde oscuro, descansando sobre unos grandes almohadones enfundados en una tela blanca, igual que la colcha que cubre la parte inferior del canapé; el desnudo es integral, con una silueta bien definida y muy femenina, los brazos están abiertos, las manos se enlazan detrás de la cabeza, las piernas aparecen apenas flexionadas; el vello púbico es discreto para ser la primera vez que se representa en un desnudo de mujer; el cabello es negro y está peinado a la moda de finales del siglo XVIII. El fondo del cuadro es neutro, pero ofrece distintas tonalidades.

La paleta de colores es escasa: blanco para las fundas de almohadones y colcha, verde para el canapé, marrón para el fondo, encarnado para la piel de la mujer, rosado en las mejillas y negro para ojos, cabello y vello púbico.

El foco de luz es exterior y se encuentra en la parte superior izquierda, lo cual explica que las sombras se proyecten hacia el lado derecho del lienzo. El cuerpo de la mujer recibe la mayor cantidad de luz, apareciendo oscuro otras partes del cuadro.

El dibujo define de manera nítida la silueta de la mujer.

La maja desnuda le sirvió a Manet de inspiración para pintar Olympia (1863).

Se ha especulado sobre la identidad de la mujer que Goya retrató en La maja desnuda. Se ha apuntado dos posibilidades: doña María Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez, XIII duquesa de Alba, y Pepita Tudó, primero amante y luego esposa de Manuel Godoy, valido de Carlos IV. El hecho de que La maja desnuda y su pareja La maja vestida, pintada años más tarde por encargo de Manuel Godoy, formasen parte de su colección privada confirmaría que la mujer retratada en ambos cuadros es Pepita Tudó.

La maja desnuda primero formó parte de la colección privada de Manuel Godoy. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) se mantuvo en depósito en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La Santa Inquisición reclamó La maja desnuda, junto a La maja vestida, por considerarlas “pinturas obscenas”, y juzgó a Goya, absolviéndole por la influencia que ejercicio el cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, pero los cuadros quedaron bajo custodia de la Santa Inquisición. En 1836 quedó en depósito en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde 1901 se exhibe en el Museo Nacional del Prado.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Francisco Pradilla

Francisco Pradilla (Villanueva de Gállego, 1848-Madrid, 1921) es uno de los pintores españoles románticos más sobresalientes en la creación de cuadros de temática histórica, destacando los cuadros Doña Juana la Loca (1877) y La rendición de Granada (1882). Se formó en Zaragoza y Madrid y desarrolló su carrera profesional en Roma y Madrid. Fue director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma (1881-1882) y del Museo del Prado (1897-1988).

Las características de la pintura de Francisco Ribalta son las siguientes:

  • Predominio de cuadros de temática histórica de gran formato y documentados en fuentes históricas contemporáneas a los hechos recogidos en el cuadro.
  • Otros géneros desarrollados fueron los autorretratos y retratos, de gran profundidad psicológica, el costumbrista y el paisajista.
  • Composiciones muy estudiadas y equilibradas.
  • Abundancia de elementos y detalles.
  • Pincelada vigorosa.
  • Equilibrio entre dibujo y color.
  • Reproducción realista de las texturas de los objetos y efectos atmosféricos. 

La carrera artística de Francisco Pradilla pasó por las siguientes etapas:

  • De formación (1861-1874).
  • Romana (1874-1897).
  • Madrileña (1897-1921). 

La etapa de formación (1861-1874) se desarrolló en Zaragoza y Madrid.

Para 1861 ya había demostrado su capacidad para el dibujo, lo que le permitió trabajar como ayudante en el taller del pintor escenógrafo Mariano Pescador, a la vez que siguió formándose en la Real Academia de Bellas de San Luis de Zaragoza.

Llegó a Madrid en 1866 para completar su formación en la Escuela Superior de Pintura y Escultura, en el estudio de Federico de Madrazo y en la Agrupación de Acuarelistas, fundada por Casado de Alisal y Martínez de Espinosa en 1869. Aparece en la relación de copistas del Museo Nacional del Prado y trabajó en el taller de los escenógrafos Augusto Ferri y Jorge Bussato, para las revistas ilustradas La Ilustración de Madrid (1870) y La Ilustración Española y Americana (1872-1874).

De estos años destaca Autorretrato de juventud (1869), el primero de los varios autorretratos que pintó a lo largo de su vida. Aparece con el cuello girado hacia la derecha para poder mirar de frente al espectador, aunque su mirada no la fija en este, por el contrario, parece perdida en el vacío, evidenciando que está ensimismado en sus pensamientos; luce un aspecto físico que mantuvo a lo largo de su vida, cabello abundante, peinado con raya en el lado derecho, barba no demasiado poblada y gafas. Se trata de un autorretrato de estilo romántico.

Autorretrato de juventud (1869) es el primer autorretrato de Francisco Pradilla. Es de estilo romántico.

  

Francisco Pradilla inicia la etapa romana (1874-1897) como pensionado en la Academia de Bellas Artes de Roma en la especialidad de pintura histórica. Realizó viajes a Nápoles, Capri, Venecia, París y Múnich, donde completó su formación visitando los museos y copiando pinturas antiguas y de grandes maestros. Su primera obra como pensionado fue la copia del cuadro de Rafael Disputa del Santísimo Sacramento (1875) y la segunda El náufrago (1876).

Doña Juana la Loca (1877) es la primera obra maestra de Francisco Pradilla. Le sirvió para ser reconocido como uno de los grandes maestros de la pintura.

 

Su gran obra como pensionado fue Doña Juana la Loca (1877), que le encumbró como uno de los grandes maestros de la pintura española, en particular del género histórico. Este cuadro recoge un hecho histórico, el momento en el que la reina Juana de Castilla hace un alto en el traslado del féretro de su marido Felipe el Hermoso desde la cartuja de Santa María de Miraflores de Burgos a la catedral metropolitana de la Encarnación de Granada en 1506; el viaje se hacía en etapas muy cortas y de noche, por el día se descansaba en algún monasterio o iglesia; sin embargo, en la etapa de Torquemada a Hornillos sucedió algo inesperado que despertó los celos de la reina; Pedro Mártir de Anglería dejó escrito: “mandó la reina colocar el féretro en un convento que creyó ser de frailes, mas como luego supiese que era de monjas, se mostró horrorizada y al punto mandó que lo sacaran de allí y le llevaran al campo. Allí hizo permanecer toda la comitiva a la intemperie, sufriendo el riguroso frío de la estación”. La composición se organiza a partir de la diagonal que marca el féretro de Felipe el Hermoso; la reina doña Juana ocupa el centro de la escena, inclina la cabeza y fija la mirada en el catafalco en el que descansa su marido, viste traje de terciopelo negro, que pone en evidencia el avanzado estado de gestación, en la mano izquierda se observa dos alianzas, que dicen que la reina es viuda; las parihuelas están cubiertas por un lienzo blanco donde aparecen estampados el águila imperial bicéfala y la de Sicilia y los cuarteles de Aragón, Borgoña, Castilla, Flandes, Granada, León y Tirol; el féretro aparece cubierto por una tela negra adornada con bordados del águila imperial y el león de Bramante; dos velones flanquean la cabecera del féretro; los personajes que acompañan a la reina doña Juana son su séquito; está formado por caballeros, nobles, eclesiásticos y criadas ancianas; al fondo se divisa el convento de monjas. La tensión de la escena se refuerza presentando a la reina doña Juana de luto y en posición erguida y aislada del resto de personajes, el recogimiento en oración de uno de los religiosos, el cielo oscuro poco antes del ocaso, el árbol seco y la gama cromática cargada de tonalidades frías y oscuras. Pradilla demuestra su virtuosismo en una pincelada vigorosa, que no anula un dibujo correcto, en la representación del frío y del viento a través de la llama de los velones y el humo de la hoguera, que parecen arrastrados, del silencio, presentado a la reina doña Juana en una escena de recogimiento e introversión y sus conocimientos históricos en su magnífica puesta en escena y a través del vestuario de los personajes y accesorios. La reina doña Juana nunca llegó a su destino por varios motivos: la lentitud del cortejo en la marcha, la peste, el alumbramiento de doña Catalina de Austria en Torquemada y las quejas de los nobles al rey Fernando el Católico. Los restos de Felipe el Hermoso descansaron en el convento de Santa Clara de Tordesillas hasta 1525, año en el que el emperador Carlos V ordenó su traslado a Granada. Doña Juana permaneció encerrada por orden de su padre el rey Fernando el Católico y de su hijo el emperador Carlos V en el convento de Santa Clara de Tordesillas desde 1509 hasta su muerte en 1555. Francisco Pradilla obtuvo por Doña Juana la Loca la Medalla de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid y la Medalla de Honor en la Exposición Universal de París, ambas en 1878.

Otros cuadros de temática histórica fueron los retratos de los reyes aragoneses Alfonso I el Batallador y Alfonso V el Magnánimo, ambos de 1879. Estos cuadros forman pareja, razón por la cual Francisco Pradilla ensalza a los reyes, presentando a Alfonso I como rey guerrero en un campo de batalla, acompañado por un soldado, y a Alfonso V como rey renacentista, en su estancia, reflexionando, con la vista perdida en el paisaje que se atisba por la ventana, después de haber estudiado el documento que sujeta con la mano izquierda.


Francisco Pradilla pintó Alfonso V el Magnánimo (1879) con el fin de subrayar su proyección histórica.

  

Otra de sus obras más valoradas y de mayor trascendencia fue La rendición de Granada (1882). El Senado encargó a Francisco Pradilla la realización de una pintura que reprodujese una escena relacionada con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492; el cuadro habría de exaltar la unidad española y la gloria nacional. Francisco Pradilla se documentó visitando la Capilla Real de Granada y el Museo del Ejército para conocer objetos militares y otros de finales del siglo XV, textos contemporáneos a los hechos representados, estudió los retratos de los Reyes Católicos hechos hasta entonces y viajó a Marruecos para conocer los rasgos físicos y vestuario de la población autóctona. Realizó numerosos dibujos y bocetos preparatorios en Granada para estudiar la atmósfera y el paisaje de la ciudad, pero el cuadro lo terminó en Roma. En La rendición de Granada se recoge el momento en el que Boabdil, último rey nazarí de Granada, se rinde y entrega las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492. En primer plano se sitúan los ejércitos cristiano y musulmán; el ejército cristiano ocupa la mitad derecha del cuadro y se dispone en una diagonal izquierda derecha, desde la esquina inferior hasta el centro de la escena, los personajes que aparecen son el rey de armas con dalmática en la que aparecen representados los símbolos de los reinos que componían en ese momento la Monarquía Hispánica (León, Castilla, Aragón y Sicilia), el paje real, que sujeta el caballo blanco sobre el que monta la reina Isabel la Católica, que viste saya, brial, manto real, toca, joyas y corona, la princesa doña Isabel sobre una mula baya, el príncipe don Juan sobre caballo blanco, el rey Fernando el Católico, que viste un manto veneciano, monta un caballo bayo, que sujeta un paje real, además, entre las filas del ejército castellano aparecen el conde de Tendilla, el Gran Maestre de la Orden de Santiago, don Gonzalo de Córdoba, el duque de Medina-Sidonia, el marqués de Cádiz, Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel la Católica, y diversas damas; entre los elementos que portan los miembros del ejército cristiano destacan las cruces para simbolizar el triunfo del catolicismo sobre el islam; entre los dos ejércitos se abre un camino embarrado en el que aparecen marcadas las rodadas de varios carros; el ejército musulmán ocupa poco menos de un tercio del lado izquierdo, se reconoce al rey Boabdil sobre un caballo negro, que se adelanta a sus hombres para entregar las llaves de la ciudad de Granada a los Reyes Católicos; al fondo, en el último plano y en altura, aparece la ciudad de Granada, distinguiéndose el barrio del Albaicín por sus casas blancas y la Alhambra por sus muros rojo arcilla. Las marcas de los carros sobre el barro marcan la perspectiva en el cuadro; la perspectiva aérea permite reproducir la atmósfera entre los personajes y elementos que componen la escena. En la paleta de colores predomina las tonalidades azul, blanco, negro, ocre, rojo y verde. La reproducción de la luz es realista, abriéndose paso entre las nubes después de un día lluvioso. Francisco Pradilla demostró su virtuosismo técnico en la reproducción fidedigna de las texturas y del más mínimo detalle de los objetos que aparecen en el cuadro, desde la vestimenta de los personajes al barro del suelo. La rendición de Granada fue expuesto en Roma antes de que fuese alojado en el Senado de Madrid en 1883; también fue exhibido en Múnich en 1883 y en la Exposición Universal de París de 1889, recibiendo en todas las ciudades una crítica favorable; sin embargo, Francisco Pradilla no recibió ningún premio, pero es el cuadro más popular de los que pintó y el que más fama le ha dado; el rey Alfonso XII le entregó la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica y el Senado le abonó el doble de la cantidad contratada por la realización de la obra.

La rendición de Granada (1882) es el cuadro histórico más popular de los que pintó Francisco Pradilla. Recoge el momento en el que Boabdil, rey nazarí de Granada, rinde la ciudad a los Reyes Católicos.

  

Francisco Pradilla dimitió en 1882 como director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma, después de denunciar las carencias en recursos humanos y materiales.

Francisco Pradilla durante la segunda mitad de los años ochenta y la primera de los noventa del siglo XIX pintó lienzos y series de gran valor; por ejemplo, las pinturas que decoran el palacio de los marqueses de Linares (1886), dos autorretratos y un retrato de su hija (1887), dos retratos de los marqueses de Linares (1888), la serie de pinturas de las lagunas Pontinas (1890) y El suspiro del moro (1892), cuadro de temática histórica.


Francisco Pradilla pintó El suspiro del moro (1892) por iniciativa propia, sin atender ningún encargo. Es por ello, su cuadro más personal de los de temática histórica.

  

Francisco Pradilla pintó en El suspiro del moro una escena que se desarrolló después de la rendición de Boabdil ante los Reyes Católicos; aparece apartado del resto de personajes, que se arremolinan en una escena abigarrada; el paisaje juega un papel importante para subrayar el dramatismo de la composición; las formas aparecen desdibujadas gracias a una pincelada suelta; los colores dominantes son el blanco, que viste Boabdil y que luce el caballo, el azul y el ocre, en diferentes tonalidades.

Francisco Pradilla inició la etapa madrileña (1897-1921) asumiendo la dirección del Museo del Prado después de haber sido nombrado para ese cargo en 1896. Dimitió en 1898 por no poder desempeñar el cargo a su criterio, la desaparición de un boceto de Murillo, una política fallida de adquisición de obras y no contar con el apoyo de la regente María Cristina ni del Gobierno.

Tras su dimisión como director del Museo del Prado, Francisco Pradilla se centró en su carrera artística. De sus últimos años destacan los lienzos históricos de gran formato La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina (1907), Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla (1910), los dos encargados por el industrial bilbaíno Luis Ocharán para adornar su casa, y Autorretrato (1918), el último de los cinco autorretratos que realizó a lo largo de su carrera artística.

El cuadro La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina es una reproducción en gran formato del cuadro homónimo que pintó un año antes, en formato gabinete. Muestra un momento familiar de la reclusión a la que fue sometida la reina doña Juana, dulcificado por la presencia de su hija, la infanta doña Catalina; las dos aparecen junto a un ventanal, que ilumina la estancia desde la izquierda; la reina, sentada, ha hecho una pausa en la lectura de un libro, dejado sobre el alfeizar de la ventana, para atender a su hija, aunque observa al espectador, al que parece querer transmitir su sentimiento de pesar por la situación por la que está pasando; una dama de corte y una criada están sentadas a cierta distancia, cerca de la chimenea encendida, que calienta la estancia; la criada está ocupada en hilar valiéndose de una rueca de pequeño tamaño; la estancia está decorada con motivos heráldicos, religiosos y objetos corrientes, además, el suelo aparece ocupado por juguetes con los que jugaba la infanta doña Catalina. Francisco Pradilla ha sabido reflejar la atmósfera de angustia de los adultos y la inocencia de la niña; también las texturas de los objetos, lo que demuestra el preciosismo que caracteriza sus obras.

Francisco Pradilla se sintió atraído por la figura de la reina doña Juana la Loca. Así lo pone de manifiesto en La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina (1907), donde muestra el ambiente claustrofóbico y de angustia interior en el que vivió la reina.

  

Francisco Pradilla consultó Historia de los Reyes Católicos D. Fernando y D.a Isabel. Crónica inédita del siglo XV, escrita por el bachiller Andrés Bernaldez cura que fue de los palacios para pintar Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla. Reproduce el ambiente festivo que rodeó el bautismo del que estaba llamado a heredar a los Reyes Católicos; los sevillanos se echaron a las calles para acompañar el cortejo real. Esta obra llama la atención por la composición compleja y monumental, pero equilibrada en la distribución de los personajes que en ella aparecen, la matización de la luz y de la penumbra, el dibujo preciso, una paleta de colores brillante y el detallismo, sabiendo transmitir el lujo a través de los vestidos y las flores que tapizan el suelo.

Francisco Pradilla se documentaba de manera precisa antes de pintar sus cuadros de temática histórica. Así lo demuestra en Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla (1910).

  

Francisco Pradilla se autorretrató por última vez en 1918. Se muestra elegante, observando al espectador de manera grave y reflexiva. La paleta de colores es escasa, sobre un fondo neutro en tono terroso, resalta la figura del pintor, con sus gafas inconfundibles, cabello gris, barba y traje blancos y pajarita negra adornada con lunares blancos.

En Autorretrato (1918) Francisco Pradilla se muestra de manera sobria en la última etapa de su vida.

  

Francisco Pradilla debe su importancia artística a ser el pintor de temática histórica más sobresaliente de su tiempo, en los que combinó rigor histórico y virtuosismo técnico en la calidad del dibujo, las tonalidades de color, luces y sombras y el verismo en los detalles; además, también fue un consumado retratista como demostró la serie de autorretratos que realizó a la largo de su vida. Se puede concluir que es uno de los  grandes maestros de la pintura española.

sábado, 18 de junio de 2022

Goya

Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) es uno de los pintores españoles más destacados de la pintura universal de todos los tiempos. Sobresalió entre sus contemporáneos, superó el Barroco y el Neoclasicismo para crear el Romanticismo, además anunció estilos artísticos muy posteriores como el impresionismo, el expresionismo y el surrealismo e influyó en Delacroix, Manet, Munch y Bacon.

Detalle del lienzo El tres de mayo de 1808 en Madrid (1814), obra maestra de Goya, que se ha convertido en icono de la pintura española y universal de todos los tiempos.

  

Goya se formó como pintor en el taller de José Luzán (1760-1761), en la Real Academia de Bellas de San Fernando (1763-1766), en Roma (1768-1771) y con Francisco Bayeu a su regreso a España. Destacó como cartonista, grabador y pintor; como cartonista en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara (1775-1792); como grabador con sus series Los caprichos, La Tauromaquia, Desastres de la Guerra, Disparates y Los toros de Burdeos; y como pintor desarrolló los más diversos géneros: religioso con los frescos de la iglesia de San Antonio de la Florida (1789), patriótico con El dos de mayo de 1808 en Madrid y El tres de mayo de 1808 en Madrid, ambos de 1814, y el retrato con Los duques de Osuna y sus hijos (1788), La duquesa de Alba (1795), La condesa de Chinchón (1800) y La familia de Carlos IV (1801). Entre los autorretratos destaca Goya atendido por su médico Arrieta (1820). Entre su producción más singular se cuentan las Pinturas Negras de la Quinta del Sordo en Madrid (1823).

Goya fue reconocido en vida por su obra con varios nombramientos: académico de mérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1780, su Teniente Director de Pintura en 1785, Pintor del Rey en 1786, Pintor de Cámara del Rey en 1789 y Director de Pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1795.

La trayectoria pictórica de Goya se divide en tres etapas:

  • De formación, de 1759 a 1774.
  • Madrileña, de 1775 a 1824.
  • Bordalesa, de 1824 a 1828.

Goya pasó la etapa de formación (1759-1774) en Zaragoza entre 1759 y 1768, en Italia entre 1768 y 1771 y en Zaragoza entre 1771 y 1774.

Fue alumno de la Academia de Dibujo de Zaragoza, dirigida por José Luzán, entre 1759 y 1763. Su aprendizaje es lento y poco diestro como demuestra sus dos fracasos en los concursos de pintura convocados por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el primero en 1763 y el segundo en 1766, que le impiden ganar una beca para estudiar en Roma. Esto explica su acercamiento a Francisco Bayeu.

De esta época es el lienzo de carácter religioso Sagrada Familia con san Joaquín y santa Ana ante el Eterno en gloria (1769). Aparece la Sagrada Familia, bajo un cielo en gloria, donde unos ángeles sostienen unas nubes sobre las que se apoya Dios Padre, con el Espíritu Santo sobre su cabeza en forma de paloma. San Joaquín y santa Ana contemplan la escena. La luz es típica del Barroco tardío.

Goya se financió su viaje y estudios en Italia. Allí estuvo entre 1768 y 1771. En 1770 se presentó al concurso de pintura que convocó la Academia de Parma con el cuadro de temática histórica Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes, que se considera su primera obra maestra y se ajusta a la estética neoclásica. Aníbal aparece erguido, alzándose el yelmo del caso, con el cuerpo girado hacia un ángel que le muestra Italia; tras un jinete abanderado aparece la Victoria en su carro de la Fortuna portando una rama de laurel; parte del ejército de Aníbal inicia el descenso hacia el valle, al otro lado una escena bélica; el río Po aparece representado mediante una alegoría, la de un hombre robusto con cabeza de buey; la sensación de viento se muestra por el movimiento de la bandera blanca de un caballero y la capa de Aníbal; dominan los azules, grises y rosas. Goya ganó una mención especial, pero no el premio dado que el jurado consideró que los colores eran poco realistas.

Goya pintó durante su estancia en Italia Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes (1770), cuadro que se ajusta a la estética neoclásica.

  

De regreso a España, de nuevo en Zaragoza entre 1771 y 1774, Goya pintó La adoración del nombre de Dios (1772) y Las pinturas de la Cartuja del Aula Dei (1774), ambas de contenido religioso.

La adoración del nombre de Dios es una pintura al fresco en el techo del coreto de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Su estética es tardobarroca. Se disponen dos grupos de ángeles a los lados de la escena central, presidida por el símbolo de Dios Padre, un triángulo equilátero con su nombre inscrito; la composición es en aspa, pero la impresión es estática.

Las pinturas de la cartuja del Aula Dei de Zaragoza están hechas al secco, es decir, óleo sobre muro. De los cuadros originales, en los que se narra la vida de la Virgen María, sólo siete de los que se conservan son de Goya, a saber: San Joaquín y santa Ana, Nacimiento de la Virgen, Desposorios de la Virgen y san José, Visitación de María a su prima Isabel, La Circuncisión, Adoración de los Reyes Magos y Presentación de Jesús en el templo. Las composiciones son horizontales y estáticas, la escena principal ocupa el centro entre paisajes y arquitecturas, el punto de vista es bajo; la pincelada es precisa.

Nacimiento de la Virgen es una de las escenas que componen las pinturas de la cartuja del Aula Dei de Zaragoza (1774). Se pintó con la técnica al secco.

  

La etapa madrileña (1775-1824) es la más rica y diversa en la producción pictórica de Goya.

Mengs persuadió a Goya con el fin de que se instalase en Madrid. Desde 1775 a 1792 trabajó para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Realizó varias series de cartones para tapices que decorarían dependencias de los Sitios Reales. Todos muestran escenas costumbristas de distinta temática.

La primera serie de cartones es de 1775 para tapices destinados al comedor de los Príncipes de Asturias, Carlos y María Luisa de Parma, en El Escorial. Se muestran escenas costumbristas relacionadas con la caza. Son nueve cartones: Caza con mochuelo y red, Caza con reclamo, Cazador cargando su escopeta, El cazador con sus perros, El pescador de caña, La caza de la codorniz, Partida de caza, Perros en traílla, Perros y útiles de caza. En todos se aprecia la influencia de Bayeu y Mengs.

La segunda serie de cartones se realizó en dos fases, entre 1776 y 1778 los destinados a decorar el comedor de los Príncipes de Asturias del Palacio de El Pardo y entre 1778 y 1780 los que decorarían el dormitorio. Todos se caracterizan por presentar figuras realistas, colores vivos y pinceladas sueltas. Los primeros cartones son La merienda a orillas del Manzanares o La merienda, El paseo por Andalucía o La maja y los embozados, El baile de San Antonio de la Florida o Baile a orillas del Manzanares, El bebedor, La riña en la venta nueva y El quitasol. De todos los cartones el más famoso es El quitasol, una escena galante en la que aparecen una joven vestida a la moda francesa y un criado vestido de majo, la composición es academicista, la mirada directa de la joven al espectador hace a éste cómplice del posible galanteo. El segundo grupo de cartones son los titulados La novillada, La feria de Madrid, El juego de la pelota a pala y El cacharrero, que recogen escenas costumbristas relacionadas con fiestas populares. El más logrado de todos es El cacharrero, con escenas en primer y segundo plano y personajes de distintas clases sociales, el movimiento se capta a través de la carroza y los colores dominantes son los azules, cobrizos, dorados y grises.

El quitasol (1777) es el cartón más célebre de la serie que hizo Goya para decorar el comedor de los Príncipes de Asturias del Palacio de El Pardo.

 

La tercera serie de cartones se llevó a cabo entre 1786 y 1789 con el fin de decorar distintas dependencias del Palacio de El Pardo. Todas las escenas son de gran realismo. Un primer conjunto de cartones hace referencia a las cuatro estaciones: Las floreras a la primavera, La era al verano, La vendimia al otoño y La nevada al invierno. En La nevada, Goya muestra la crudeza de la estación invernal, los protagonistas se intentan proteger de la nieve y el viento arropándose con las prendas; el color blanco trasmite la sensación de frío y las ramas desnudas de hojas y los copos de nieve el viento. Los cartones Los pobres de la fuente y El albañil herido son de denuncia social, de apoyo a las medidas sociales de Carlos III y buscan dignificar a los más humildes, la pincelada suelta y las sombras coloreadas preludian el impresionismo. Otro conjunto de cartones de esta serie es el formado por La ermita de San Isidro, La merienda, y los dos más valorados, La pradera de San Isidro y La gallina ciega, que muestran escenas de fiesta en Madrid. La pradera de San Isidro muestra una panorámica de Madrid desde la ermita de San Isidro durante el día del patrón de la villa, se aprecia San Francisco el Grande y el Palacio Real, la composición carece de unidad, con varios puntos de atención, los colores dominantes son el azul, blanco, rosa y verde, con alguna pincelada roja, y la iluminación remarca el contraste entre los colores. La gallina ciega muestra a jóvenes, vestidos de majos o a la moda francesa, jugando a la gallina ciega, un juego popular, la composición es dinámica y la técnica depurada en las texturas de los vestidos y tratamiento de luz y colores.

La nevada (1786) forma parte de la tercera serie de grabados de Goya para decorar el Palacio de El Pardo. Muestra la crudeza del invierno.

  

La cuarta serie se realizó entre 1788 y 1792 para decorar el despacho de Carlos IV en El Escorial. La temática es lúdica, caso de Los zancos y Las gigantillas, o satírica, caso de El pelele y La boda. En El pelele se ridiculiza al sexo masculino recurriendo a un grupo de majas que mantean y se ríen de un pelele, y en La boda el novio presenta rasgos faciales casi simiescos.

Goya destacó como retratista. Desde la década de los ochenta del siglo XVIII entró en contacto con la aristocracia de la Corte, que le encargó retratos en un número creciente. Pintó retratos individuales y colectivos. Son muchos los retratos de Goya que se pueden considerar obras maestras de la pintura.

El primer retrato a destacar es El conde de Floridablanca y Goya (1783), que recoge el tema del acto in fieri, es decir, el momento en el que Goya muestra a Floridablanca el cuadro que le está pintando.

Su relación estrecha con la corte del infante don Luis en Arenas de San Pedro le permitió llevar a cabo el retrato colectivo La familia del infante don Luis de Borbón (1784), que muestra una escena familiar y a Goya a la izquierda pintando.

La familia del infante don Luis (1784) es un retrato colectivo en el que aparece Goya en la esquina inferior izquierda. Goya aprovechó los cuadros colectivos de la familia real para autorretratarse.

  

Los duques de Osuna y sus hijos (1788) es el primer retrato de familia de los que pintó Goya. Aparecen retratados todos los miembros de la familia de don Pedro Téllez Girón, IX duque de Osuna, además de dos perros y un juguete de los niños, lo que sirve para completar una imagen familiar. La composición es piramidal y jerárquica dentro de la familia; el IX duque de Osuna aparece de pie, a más altura que el resto de los personajes, su cabeza es la cúspide de la pirámide y aparece vestido con uniforme militar de gala; por debajo, su esposa, sentada, vestida y peinada a la moda francesa para subrayar que pertenece a la aristocracia; y los hijos varones, que aparecen en primer plano, por delante de sus hermanas: el futuro X duque de Osuna de pie, montado sobre un bastón a modo de caballo, su hermano sentado sobre un cojín, doña Joaquina amparada por su madre y doña María Manuela cogida de la mano por su padre. Los colores predominantes son el gris y el verde en tonos suaves, por lo que destaca el azul oscuro y el rojo del uniforme del IX duque de Osuna. La pincelada es suelta y vaporosa; así consiguió la textura de las transparencias de los vestidos de la condesa-duquesa de Benavente y de sus hijas. El fondo es neutro; se insinúa la pared y el suelo a través del juego de luces y sombras. Goya retrata al IX duque de Osuna y a su familia con respeto. La composición trasmite armonía dentro de la familia con gestos de cariño, nobleza con miradas limpias y ternura en la infancia. Así es porque los duques de Osuna fueron mecenas y protectores de Goya por afinidad política: los duques de Osuna y Goya fueron ilustrados.

Los duques de Osuna (1788). Goya se convirtió en el retratista de la aristocracia española ilustrada y de sus mecenas.

  

En La duquesa de Alba (1795) aparece María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, retratada de pie, de cuerpo entero, con un vestido blanco y tres lazos rojos, uno ciñe la cintura y los otros adornan pecho y cabello. Un perrito blanco acompaña a la duquesa. La gama de colores es escasa y contrastada, el blanco del vestido y del perrito, el rojo de los lazos que adornan a la duquesa y al perrito, el negro del cabello de la duquesa y el gris azulado del fondo. La pincelada es suelta y vaporosa.

En La duquesa de Alba y la beata (1795) aparece la duquesa asustando a Rafaela Luisa de Velázquez, la beata, una de sus camaristas, que empuña un crucifijo en su mano derecha. La gama de colores es escasa –blanco, dorado y negro– sobre un fondo neutro, apenas sugerido; la pincelada es suelta y vaporosa, lo que permitió a Goya mostrar las calidades de los vestidos.

En La duquesa de Alba y la beata (1795) la gama de colores es escasa, pero la técnica muy depurada como se aprecia en las calidades de las ropas.

  

En La condesa de Chinchón (1800) María Teresa de Borbón aparece sentada en un sillón, embarazada de Carlota. El tocado de espigas de trigo verde simboliza la maternidad. La pincelada es suelta y vaporosa. La gama de colores es escasa, destaca el vestido en plata sobre un fondo neutro. Llama la atención el cariño con el que Goya retrató a la condesa de Chinchón, que se aprecia en su sonrisa tímida y dulce. La luz se focaliza en el vientre de la condesa de Chinchón para mostrar y llamar la atención sobre su embarazo. Su vínculo con su marido Manuel de Godoy se exhibe a través de la efigie que de este lleva en el anillo.

La condesa de Chinchón (1800) es uno de los retratos más logrados de Goya en cuanto al tratamiento de luz, color y textura del vestido.

  

La familia de Carlos IV (1801) es un retrato colectivo de la familia real española en el que Goya se autorretrata. Presenta características propias del retrato neoclásico tales como la disposición vertical de los personajes y la ausencia de movimiento, sin embargo, no es neoclásico en cuanto que el color tiene más importancia que el dibujo y es evidente el estudio psicológico de los personajes. La familia real se distribuye en tres grupos: en el centro, Carlos IV, su esposa María Luisa y sus hijos María Isabel y Francisco de Paula; a la derecha del lienzo, Antonio Pascual, hermano del rey, las hijas de los monarcas Carlota Joaquina y María Luisa Josefina, con su marido Luis de Borbón, y su hijo Carlos Luis, en brazos de la madre; y a la izquierda del cuadro, el futuro Fernando VII, acompañado de su futura esposa, que por no saberse aún quién es oculta su rostro, el infante Carlos María Isidro, María Josefa de Borbón, hermana de Carlos IV, y Goya, al fondo. Los gestos de los personajes hacen de ellos unas personas muy cercanas y familiares. La pincelada es suelta y vigorosa. Destaca el cromatismo y las calidades de los trajes y las joyas, se combinan azules, blancos, dorados, rojos y negro. Los personajes que focalizan la luz son los más importantes dentro de la familia real, es decir, el matrimonio real y sus hijos. La gran cantidad de personajes y la poca profundidad acentúa la sensación de falta de espacio.

En La familia de Carlos IV (1801) Goya retrató a la familia real española. Es uno de los cuadros de familias reales más célebres de la pintura universal junto con Las Meninas (1656) de Velázquez.

  

El Retrato de Manuel de Godoy (1801) se pintó por encargo de Godoy después de la victoria de España sobre Portugal en la Guerra de las Naranjas. Godoy aparece representado como Generalísimo del ejército y Príncipe de la Paz, con bastón de mando, y rodeado de caballos y soldados. La luz es crepuscular.

La maja desnuda (antes de 1800) y La maja vestida (1805) forman pareja y destacan por su erotismo. En ambas pinturas aparece retratada la misma mujer recostada de manera plácida en un lecho mirando al espectador. En La maja desnuda el dibujo y la gama de colores fríos es de corte neoclásico, la luz ilumina el cuerpo rosado de la mujer, que resalta sobre el verde del sofá y el fondo oscuro. En La maja vestida el traje blanco y el lazo rosa de la cintura ciñen la figura de la mujer, la luz ilumina y resalta el blanco del vestido sobre la tela verde del sofá y el fondo oscuro. Se duda acerca de quién puede ser la mujer retratada, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, o Pepita Tudó, primero amante y luego esposa de Manuel de Godoy.


En La maja desnuda (antes de 1800) y La maja vestida (1805) Goya rinde culto a la belleza femenina.

  

El Retrato de Isabel Porcel (1805) es de medio cuerpo en posición de medio perfil, viste a la moda española, con camisa blanca y mantilla negra y el porte es aristocrático. Una singularidad en este retrato es la mirada del personaje, esquiva con la del espectador se pierde hacia su derecha. En cuanto a la técnica llama la atención las texturas de las ropas, el tono rosáceo del rostro y el castaño claro de ojos y cabello y la pincelada suelta.

El Retrato de Isabel Porcel (1805) es singular dentro de la producción de Goya por presentarse de medio cuerpo y de perfil con la mirada esquiva.

  

Otros retratos de Goya que hay que mencionar por su calidad son Retrato de Francisco Bayeu (1786), Carlos III cazador (1788), Retrato de Sebastián Martínez (1793), La marquesa de Solana (1795), Retrato de Juan Meléndez Valdés (1797), Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos (1798), Retrato de Leandro Fernández de Moratín y Retrato de María del Rosario Fernández, la Triana, ambos de 1799, Retrato del marqués de San Adrián (1804) y Retrato de la marquesa de Vilafranca (1805).

Goya se autorretrató en numerosas ocasiones, muchas dentro de cuadros colectivos, pero dos autorretratos destacan sobre el resto: Autorretrato ante un caballete (1785), donde aparece de perfil, a contraluz, ocupado en pintar, la presencia de velas en el sombrero habla de su incesante actividad como pintor; y Goya atendido por su médico Arrieta (1820), que recoge su convalecencia por tifus durante el año anterior, acompañado por el doctor Eugenio García Arrieta y unas mujeres que pueden representar a Las Parcas.

Goya atendido por su médico Arrieta (1820) es uno de sus últimos autorretratos.

  

Goya dio inicio al grabado romántico en 1799 con la serie Los caprichos. Son los primeros grabados españoles de carácter satírico. En ellos se critica las tradiciones, el inmovilismo, las supersticiones y el Antiguo Régimen desde la Ilustración. Cada capricho está constituido por una sentencia y una escena. El grabado más famoso de la serie es el titulado El sueño de la razón produce monstruos, que le sirve para denunciar al Antiguo Régimen como fuente de pesadillas al identificarlo con el sueño profundo en oposición a la luz y el progreso de los que se mantienen despiertos y activos. La técnica empleada fue el aguafuerte y la aguatinta con toques de buril, bruñidor y punta seca.

El sueño de la razón produce monstruos es el grabado más famoso de la serie Los caprichos (1799) con la que Goya inició el grabado romántico.

  

La Guerra de la Independencia (1808-1814) fue determinante en la producción pictórica de Goya.

Inició la serie de grabados Desastres de la guerra en 1810 y la concluyó en 1815. La técnica utilizada fue el aguafuerte, la punta seca y la aguada. En un principio iban a tener un fin patriótico, pero evolucionaron hacia una denuncia de la guerra y sus consecuencias catastróficas. Los 82 grabados se dividen en tres grupos: del 1 al 47 están centrados en la guerra, del 48 al 64 en el hambre consecuencia de la guerra y del 65 al 82 son una crítica social y política de la vuelta de Fernando VII y el absolutismo.

Goya denuncia las atrocidades de la guerra a través de la serie de grabados Desastres de la guerra (1815). Hay quien ha visto en el grabado Estragos de la guerra un precedente de El Guernica (1937) de Picasso.

  

Las obras maestras de Goya son de temática histórica, tienen carácter patriótico y están relacionadas con la Guerra de Independencia, son El dos de mayo de 1808 en Madrid y El tres de mayo de 1808 en Madrid, los dos de 1814.

Los sucesos representados en El dos de mayo de 1808 en Madrid son los acaecidos en la mañana de ese día tras la invasión francesa. El pueblo de Madrid se levantó contra el ejército francés, dirigido por el general Murat. Los madrileños, armados con cuchillos, atacaron a la mejor unidad del ejército napoleónico, los mamelucos, mercenarios egipcios, y a un dragón de la emperatriz, que se distingue a la derecha de la escena, los franceses a caballo y los españoles a pie. La intención del cuadro es doble: por una parte, exacerbar el sentimiento nacional español y cristiano frente al invasor francés que se vale de tropas musulmanas y, por otro, denunciar la irracionalidad de la guerra. Goya utilizó para el boceto del cuadro un soporte poco habitual entonces, papel sobre madera, debido a la falta de lienzo dada la carencia de materiales y la carestía que se padecía en 1814, tras seis años de guerra. La escena es abigarrada; las figuras se concentran en el primer plano. El centro de la composición lo forma el soldado mameluco muerto que cae del caballo y dos patriotas españoles, el que dio muerte al invasor y el que mata al caballo. En el suelo ya aparecen los primeros caídos por ambos bandos en la Guerra de la Independencia y en segundo plano diversos grupos enzarzados en una lucha despiadada. La fuerza expresiva de los personajes es sobresaliente; los sentimientos de miedo y odio se reflejan en el rostro de los invasores y los de rabia y pundonor en el de los españoles. El dramatismo y el movimiento se exaltan mediante escorzos y torsiones violentas, las miradas de los caballos, la pincelada suelta y estableciendo marcados contrastes entre los colores.

En El dos de mayo de 1808 en Madrid (1814) Goya recogió el levantamiento del pueblo de Madrid contra el invasor francés y el inicio de la Guerra de la Independencia.

 

El hecho que se recoge en el lienzo El tres de mayo de 1808 en Madrid son los fusilamientos llevados a término por orden del general Murat aquella madrugada en la montaña de Príncipe Pío. Goya estructura el lienzo sobre dos diagonales, la de los soldados franceses y la de los héroes españoles, ambas separadas por la linterna, que sirve de foco de luz. Los soldados franceses son presentados como una máquina de asesinar inocentes. No muestran su rostro al espectador, al que le dan la espalda y están listos para disparar los fusiles. Por el uniforme se sabe que pertenecían al Batallón de Marineros de la Guardia Imperial. Los héroes españoles muestran dignidad ante la muerte. Se organizan en tres grupos: los que ya han sido asesinados están tendidos en el suelo y su sangre se derrama hacia la luz; los que van a ser fusilados de inmediato muestran gestos diversos, desde cubrirse el rostro hasta rezar; y los que están a la espera de ser ejecutados más adelante. De entre los héroes dos llaman la atención sobre los demás: en el centro, de rodillas, con los brazos abiertos en cruz, las manos alzadas al cielo y vestido de amarillo y blanco, en las manos se ven estigmas y recibe la luz que emite la linterna que hay en el suelo; sirve para invocar a Jesús de Nazaret en el Monte de los Olivos y en la esquina izquierda del cuadro de una mujer con su hijo en brazos recuerda la imagen de la Piedad y subraya la brutalidad de los soldados franceses, que están inmersos en una espiral de muerte y destrucción. Así Goya deposita toda esperanza en Dios. Goya es fiel a la historia de los hechos al introducir a un religioso entre los ejecutados. El sacerdote Francisco Gallego y Dávila fue el único clérigo fusilado en Madrid en la madrugada del 3 de mayo de 1808 y lo fue en la montaña de Príncipe Pío. El tratamiento de la luz es tenebrista. El foco de luz es la linterna que descansa en el suelo e ilumina a los héroes y la sangre derramada. El resto del cuadro queda en la penumbra. La gama cromática es escasa –amarillo, blanco, negro, ocre y rojo– y la pincelada suelta, independiente del dibujo, lo que crea una atmósfera lúgubre. El tres de mayo de 1808 en Madrid se ha convertido en un símbolo contra la irracionalidad de la guerra desde el pensamiento ilustrado.

El tres de mayo de 1808 en Madrid (1814) es el lienzo más conocido de Goya.

  

Otras obras de carácter histórico o patriótico son Retrato de Juan Martín, el Empecinado (1809),  Retrato ecuestre del general Palafox (1814) y Fabricación de balas en la Sierra de Tardienta (1814).

Durante los años de la Guerra de la Independencia Goya también pintó cuadros costumbristas, como La aguadora y El afilador, de entre 1808 y 1812, alegorías, caso Alegoría de Madrid (1810) y bodegones, caso de Bodegón con costillas, lomo y cabeza de cordero, Bodegón con pavo muerto y Pavo pelado y sartén, entre 1808 y 1812.

La serie de grabados La Tauromaquia es de 1816. En un principio Goya iba a ilustrar la historia del toreo a partir de la Carta histórica sobre el origen y progreso de las corridas de toros en España, que escribió Nicolás Fernández Moratín en 1777, pero la completó con situaciones habidas en corridas de toros célebres en aquellos años.

Cristo crucificado (1780) se ajusta a la estética neoclásica.

  

Goya pintó pocos cuadros religiosos. Del siglo XVIII son Cristo crucificado, San Bernardo de Siena predicando ante Alfonso V de Aragón, ambos de 1780, San Francisco de Borja y el moribundo impenitente (1788), los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida (1789), La multiplicación de los panes y los peces, Última Cena, ambos de 1797, y Prendimiento de Cristo (1798). Del siglo XIX son Santas Justa y Rufina (1817), Procesión de disciplinantes, Auto de fe de la Inquisición, Cristo en el monte de los olivos y La última comunión de san José de Calasanz, los cuatro de 1819.

En Cristo crucificado se aprecia la influencia de Megs. Es un Cristo neoclásico sobre fondo negro, de cuatro clavos, los pies sobre una peana, con la inscripción “Jesús de Nazaret rey de los judíos” en hebreo, latín y griego, sentimiento devocional moderado, estudio anatómico excelente en sfumato, pincelada suelta, dominio de las transparencias, luz que irradia del pecho de Cristo y predominio de los tonos encarnados y grises.

En San Francisco de Borja y el moribundo impenitente (1788) llama la atención el contraste lumínico, de colores y entre el poder de la cruz y los demonios.

  

San Francisco de Borja y el moribundo impenitente es una de las pinturas religiosas más originales de su tiempo. Francisco de Borja intenta convencer a un moribundo de que se confiese, mientras unos demonios esperan hacerse con su alma. Llaman la atención los contrastes de luz, el rictus dramático del moribundo y los tonos amarillos, blancos y verdes.

En los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida Goya introduce como novedad representar la Gloria en la semicúpula del ábside, mientras el milagro de san Antonio de Padua ocupa la cúpula de la ermita, además, san Antonio aparece rodeado de personas humildes. Las pinceladas son rápidas, muchas veces abocetadas, están resaltadas las luces y los brillos y la composición es dinámica.

Goya decoró la ermita de San Antonio de la Florida en 1789. Vista de la cúpula, donde se representa el milagro de san Antonio de Padua.

  

Procesión de los disciplinantes y Auto de fe de la Inquisición forman parte de un mismo conjunto pictórico. En el primero se representa a unos personajes fustigándose en penitencia, tras ellos las imágenes de la Virgen de la Soledad, el Ecce Homo y el Cristo de la Cruz, unos encapirotados y varias beatas arrodilladas. En el segundo varios reos encorazados y en actitud sumisa están siendo procesados por la Inquisición en presencia de público. En ambos cuadros los personajes del primer plano aparecen individualizados y los del segundo son anónimos. Contrastan las zonas de luz y sombra.

La última comunión de san José de Calasanz muestra al santo comulgando por última vez, con rostro moribundo, arrodillado sobre una almohada roja e iluminado por un rayo de luz divina. El hábito blanco del santo y las pinceladas amarillas, encarnadas y rojas contrastan con el fondo negro.

En La última comunión de san José de Calasanz (1819) la luz sirve para llamar la atención del espectador sobre el misterio de la comunión.

  

Durante el Trienio liberal (1820-1823) Goya se ocupó en los Disparates y las Pinturas negras de la Quinta del Sordo.

Los Disparates es una serie de veintidós grabados realizados a aguatinta y aguafuerte con retoques de punta seca y bruñidor. Se realizaron entre 1815 y 1823. Las escenas tienen una estética onírica y grotesca, propia del carnaval, llenas de violencia y sexualidad, donde se critica el poder, las instituciones y la moral dominantes. Así se pone en evidencia en el Disparate femenino, donde un pelele vestido de militar está siendo sacudido por un grupo de mujeres, en el Disparate matrimonial, donde una figura siamesa de hombre-mujer pide cuentas a un fraile apesadumbrado, y en Caballo raptor, donde un caballo, símbolo de la potencia sexual, captura a una mujer.

La serie de grabados Disparates tiene un fuerte componente sexual. Sirva de ejemplo El caballo raptor.


Duelo a garrotazos es una de las Pinturas negras. Simbolizó en su momento la lucha entre liberales y absolutistas, después la lucha entre las dos Españas.

  

Las Pinturas negras es uno de los conjuntos pictóricos más sobresalientes de la historia de la pintura por su fuerza expresiva. Goya las pintó para sí, sin poner freno a su imaginación. En ellas manifestó su decepción por el ser humano y su amargura por el mundo que le rodeaba. Pinta un mundo degradado, lleno de monstruos y de los peores sentimientos del hombre. En el aspecto formal son pinturas al fresco (llevadas al lienzo en 1874 por Salvador Martínez Cubells), pintura aplicada con pincel, paleta y dedos, predominan los colores oscuros –gris, negro, ocre y tierra– y algunas pinceladas de azul, blanco, rojo y verde, la pincelada larga y gruesa, las composiciones descentradas y la luz tenue, pero suficiente para contrastar las zonas iluminadas de las dejadas en sombra.

Saturno devorando a su hijo es una de las Pinturas negras más impactantes.

Las Pinturas negras son quince, a saber:

  • Duelo a garrotazos o La riña, donde aparecen dos villanos que se baten en duelo a garrote, simbolizan la lucha entre liberales y absolutistas, aparecen en primer plano sobre un paisaje yermo.
  • Dos viejos comiendo sopa, donde aparecen dos personajes con expresiones propias de una vejez demacrada próxima a la muerte.
  • La romería de San Isidro, donde se reconocen personajes de clases sociales distintas, los más humildes en primer plano.
  • El aquelarre, donde los personajes principales son un macho cabrío que representa al demonio y una joven que se postula a bruja, las dos y el resto de los personajes tienen un aspecto grotesco.
  • Judith y Holofernes, donde se alude al poder que puede ejercer una mujer sobre un hombre.
  • Saturno devorando a su hijo sitúa al espectador ante el horror caníbal del padre que devora a su hijo sin ningún escrúpulo.
  • Una manola, doña Leocadia Zorrilla o La Leocadia, retrató, en tono nostálgico, de Leocadia Zorrilla y Galarza, Leocadia Weiss, amante de Goya.
  • Dos viejos, o Dos frailes, o Un viejo y un fraile son dos varones, un anciano de barba cana, apoyado en un bastón, y otro con rasgos monstruosos que le grita al oído.
  • Visión fantástica o Asmodea formada por dos personajes enigmáticos en vuelo, varios edificios y una batalla.
  • Peregrinación a la fuente de San Isidro o El Santo Oficio, donde aparece un hombre con el hábito de la Santa Inquisición y otros, monjas y brujas de aspecto grotesco, que van en procesión.
  • Átropos, o Las Parcas, o El Destino, donde aparecen las parcas, Átropos, con unas tijeras, Cloto, con una rueca, y Láquesis, que mira a través de una lente. Aparece una figura masculina con las manos atadas. Todo simboliza que los hombres son esclavos de su destino.
  • Mujeres riendo o Dos mujeres riéndose de un hombre, donde dos mujeres se ríen de un hombre que muestra un gesto de estúpido.
  • Hombres leyendo hace referencia a las tertulias políticas clandestinas antiabsolutistas.
  • Perro semihundido, donde sólo aparece la cabeza de un perro mirando hacia arriba, queriendo simbolizar la soledad.
  • Cabezas en un paisaje, donde cinco personas parecen asomarse a la realidad del espectador, con quien quieren comunicarse.

Las Pinturas negras son el precedente directo del expresionismo del siglo XX.

En Dos viejos comiendo sopa Goya sitúa al espectador frente a la decrepitud de la vejez y la proximidad de la muerte.

  

La etapa bórdalesa (1724-1728) cierra la vida y carrera artística de Goya, que se refugió en Burdeos huyendo de la restauración absolutista. De estos años son Los toros de Burdeos (1825) y La lechera de Burdeos (1826).

Los toros de Burdeos es una serie de cuatro litografías: El famoso americano Mariano Ceballos, Bravo toro, Diversión de España y Plaza partida. Representan otras tantas escenas relacionadas con la fiesta de los toros. El tono de Los toros de Burdeos es expresionista y le sirve para denunciar la brutalización de las masas.

La lechera de Burdeos es el último gran cuadro de Goya. Aparece retratada una joven con expresión añorante. Los colores son alegres y suaves, son dominantes los tonos azules y rosas. Anuncia el retrato romántico.

La lechera de Burdeos (1826) es la última gran obra de Goya.

  

Goya es uno de los más grandes pintores de todos los tiempos. Destacó de entre sus contemporáneos por su maestría en la ejecución de sus obras y proyección histórica. A caballo entre el Barroco y el Neoclasicismo creó uno nuevo estilo, el romanticismo, y dio los primeros pasos hacia el expresionismo, impresionismo y surrealismo. Delacroix reconoció en vida de Goya que le imitaba y Manet, Munch y Bacon reconocieron que se inspiraron en él.