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sábado, 27 de septiembre de 2025

La Crucifixión, de Juan de Flandes

Juan de Flandes (¿?, 1465-Palencia, 1519) fue uno de los pintores más destacados del Renacimiento español. De origen flamenco, se formó en la Escuela de Brujas; sin embargo, desarrolló la mayor parte de su carrera artística en Castilla desde 1496, cuando la reina Isabel la Católica le nombró pintor de Corte. Entre sus obras destacan Retablo de Isabel la Católica (1496-1504), La resurrección de Lázaro (1510-1518) y La Crucifixión (1509-1519).

Juan de Flandes: La Crucifixión, 1509-1519.
Estilo: Renacimiento.
Técnica: Óleo sobre tabla.
Temática: Religiosa.
Dimensiones: 123 x 169 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

  

Juan de Flandes pintó La Crucifixión como parte del retablo mayor de la catedral de San Antolín de Palencia por encargo del obispo Juan Rodríguez de Fonseca. Estuvo situada en la calle central del retablo entre las tablas Camino del Calvario y Entierro de Cristo.

Atendiendo al sitio que iba a ocupar la tabla, Juan de Flandes optó por un formato de gran tamaño, disposición apaisada y con los elementos esenciales; además, eligió el momento en el que la mayoría de testigos de la crucifixión de Cristo marcharon y con él solo quedaron, de izquierda a derecha, san Juan, la Virgen María, María de Cleofás, María Salomé, María Magdalena, dos jinetes y un soldado, además de los personajes inanimados de la nube, el tarro de ungüentos, la calavera, el fémur y la cadera, piedras preciosas y Jerusalén al fondo.

El eje de la composición lo ocupa Cristo en la cruz. Su aspecto es siríaco, aparece con corona de espinas, clavado con tres clavos, lo que desequilibra las caderas teniendo como consecuencia que Cristo aparezca en contraposto, cabeza inclinada hacia el hombro derecho y de las manos, del costado derecho y de los pies mana sangre, la del costado alcanza el paño de pureza y continúa por el muslo de la pierna derecha. Sobre la cabeza de Cristo se extiende una filacteria en la que se lee INRI, abreviatura latina de Iesvs Nazarenvs Rex Ivdeaorvn, que se traduce por Jesús de Nazaret, Rey de los judíos.

La Virgen María aparece sentada sobre una piedra, vestida de verde y blanco, con rostro cubierto de lágrimas por la pérdida de su hijo. Junto a ella se reconocen el apóstol san Juan, María de Cleofás y María Salomé, mirando a la Virgen María con semblantes afectados, rostros cubiertos de lágrimas y manos en posición orante. Sin embargo, María Magdalena dirige su mirada a Cristo en la cruz. Los jinetes y el soldado, con armadura del siglo XVI y de espaldas al espectador, dirigen su mirada a Cristo en la cruz.

Los gestos, los colores y muchos de los elementos que componen la escena tienen un significado simbólico: las manos de María Cleofás y María Salomé, el poder de la oración; el blanco, la pureza; el verde, la esperanza; el azul, la nobleza de corazón; el rojo, la Pasión; y el dorado, la Gloria; el tarro de los ungüentos, el perdón de los pecados; el soldado el cumplimiento de las profecías; la calavera, el fémur y la cadera, el pecado capital de Adán y Eva; y las piedras preciosas, el Paraíso.

Juan de Flandes aprovechó el gran tamaño de las figuras para dotarlas de monumentalidad, volumen y pliegues marcados, además remarcó algunos contornos para subrayar el modelado de las figuras.

La luz entra por el lado izquierdo proyectando las sombras hacia la derecha.

Los colores tienen una tonalidad oscura en coherencia con los semblantes doloridos de los personajes que aparecen en la escena.

La Crucifixión fue trasladada a la Sala Capitular de la catedral de San Antolín de Palencia en 1559, don Manuel Arburúa la compró en 1944 para su colección particular y la constructora Ferrovial en 2005, año en el que la donó al Museo Nacional del Prado en concepto de pago de impuestos.

sábado, 10 de mayo de 2025

La Última Cena, de Juan de Juanes

Juan de Juanes (Fuente de la Higuera, 1503-Bocairente, 1579) es uno de los pintores españoles renacentistas más destacados. Juan de Juanes es el nombre artístico de Vicente Juan Macip. Se formó junto a su padre, Vicente Macip. Estudió a Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael y Sebastiano del Piombo. Pintó retratos, destacando Retrato de Alfonso V de Aragón (1557) y cuadros religiosos, sobresaliendo La Última Cena (1555-1562), su obra maestra.

Juan de Juanes: La Última Cena, 1555-1562.
Estilo: Renacimiento.
Técnica: Óleo sobre tabla.
Temática: Religiosa.
Dimensiones: 116 x 191 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

  

Juan de Juanes pintó La Última Cena para que formase parte del retablo mayor de la iglesia de San Esteban de Valencia. Se ajusta a los principios del Concilio de Trento (1545-1563) y de la Contrarreforma. Eligió el momento en el que Jesús de Nazaret instituyó el sacramento de la eucaristía.

La escena reúne a Jesús de Nazaret en el centro, de aspecto siriaco, sentado, con la mano derecha sostiene en alto la Sagrada Forma y la izquierda se la ha llevado al corazón, mira al espectador en actitud serena; a su alrededor se disponen los doce apóstoles, seis a la izquierda y seis a la derecha, todos observándolo, excepto Santiago el Menor, que conversa con Tomás; los apóstoles visten túnicas y aparecen barbados; todos llevan nimbo, lo que simboliza su santidad, excepto Judas Iscariote; el nombre de los apóstoles aparece escrito en latín y letra mayúscula en los nimbos, el nombre de Judas Iscariote aparece escrito en el taburete en el que está sentado (de izquierda a derecha, con Jesús de Nazaret en el centro, aparecen MATHEVS, Mateo; BARTOLOMEVS, Bartolomé; THADEVS, Tadeo; IACOBVS MAIOR, Santiago el Mayor; ANDREAS, Andrés; PETRVS, Pedro; IOANNES, Juan, IACOBVS MINOR, Santiago el Menor; THOMAS; Tomás; SYMON, Simón, PHILIPVS, Felipe y IVDAS SCARIOTH, Judas Iscariote); la actitud de la mayoría de los apóstoles es reverencial, con las manos en oración, en el pecho o abiertas, indicativa como la de Santiago el Menor o traicionera como la Judas Iscariote, que esconde la mano derecha, aquella con la sujeta la bolsa con las treinta monedas de plata, que recibió por traicionar a Jesús de Nazaret. Es llamativo que cierren la escena dos apóstoles en actitudes muy diferentes: por la izquierda Tadeo, arrodillado con las manos en oración, por la derecha Judas Iscariote, sujetando la bolsa con el dinero. Los personajes aparecen descalzos para simbolizar su origen humilde. Los objetos que se disponen en el suelo -jarra y jofaina, que hacen referencia al lavatorio de pies anterior a la Última Cena- y los que ocupan la mesa -patena, jarra, panes y cuchillos- componen un bodegón; el objeto más importante es el cáliz, que reproduce el que se expone en el Museo Catedralicio Diocesano de Valencia y que se asegura es el Santo Grial.

La composición es horizontal, equilibrada en parte por las líneas verticales de la mayoría de los personajes representados, las de los elementos arquitectónicos y las de algunos de los objetos.

El dibujo comparte protagonismo con el color en tanto que delimita de manera nítida las manchas de color.

La paleta de colores subraya la expresividad de los personajes representados y se ajusta a una simbología muy definida: Jesús de Nazaret viste de morado y rojo, que se identifican con la Pasión que le espera, los apóstoles visten en su mayoría de rojo y verde, que se asocian con la Pasión y la esperanza en la resurrección y Judas Iscariote viste de amarillo, color que simboliza la envidia y la traición, igual que el rojo del cabello.

Las formas y los volúmenes de los personajes y los objetos representados acusan un gran desarrollo, llenando casi todo el espacio en el que se desarrolla la escena.

El espacio se articula en varios planos: en el primer plano aparecen Tadeo, una gran jarra, una jofaina y Judas Iscariote, en el segundo plano Jesús de Nazaret, ocupando el centro de la escena, flanqueado por diez apóstoles, el tercer plano ocupado por el muro de cierre de la estancia y cortinas de gran desarrollo y un cuarto plano, que se observa a través del vano abierto en el muro, a través del cual se puede contemplar el paisaje natural.

En La Última Cena se distinguen las influencias recibidas por Juan de Juanes: de Leonardo da Vinci tomó el momento y la composición que este eligió para pintar la obra homónima y de Rafael la expresividad de los personajes representados y la potencia cromática.

Juan de Juanes fijó la iconografía de la Última Cena en el imaginario del creyente español e influyó en artistas posteriores, caso de su hijo Vicente Macip Comes, que pintó Última Cena a finales del siglo XVI, siendo casi idéntico en la composición de la escena.

La Última Cena, de Juan de Juanes, se expone en el Museo Nacional del Prado desde el siglo XIX.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Pedro Berruguete

Pedro Berruguete (Paredes de Nava, 1450-Ávila, 1504) fue un pintor renacentista español. Se formó en Castilla e Italia, donde realizó obras notables, caso de Retrato de Federico de Montefeltro y su hijo Guidobalo (1477). Regresó a Castilla en 1483, donde pintó sus mejores cuadros, caso de Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán (1499). Estuvo influido por las pinturas gótica flamenca y renacentista italiana. 

La obra de Pedro Berruguete presenta las siguientes características:

  • Combinó principios estéticos renacentistas italianos y de la pintura flamenca.
  • Sus composiciones son renacentistas, pero el detallismo flamenco.
  • Introdujo elementos arquitectónicos clásicos para enmarcar las escenas, a la vez que mantuvo elementos góticos, como los dorados.
  • Practicó la perspectiva lineal.
  • Las figuras representadas son sobrias.
  • Mostró preocupación por la luz en espacios interiores.
  • Virtuosismo en la reproducción de las texturas de cualquier objeto.
  • Practicó diferentes técnicas, destacando el temple sobre lienzo y óleo sobre tabla. 

La carrera artística de Pedro Berruguete pasó por las siguientes etapas:

  • Formación, de 1470 a 1473.
  • Italiana, de 1473 a 1482.
  • Castellana, de 1483 a 1503. 

Pedro Berruguete desarrolló su etapa de formación (1470-1473) en Salamanca con Fernando Gallego, de quien aprendió los principios de la pintura hispanoflamenca. De estos años son las obras Verificación de la cruz de Cristo y Adoración de los Magos, ambas de 1471, y las tablas del retablo de la iglesia de Santa Eulalia de Paredes de Nava (1473), destacando Anunciación por presentar una composición equilibrada, perspectiva lineal, valiéndose del enlosado, y uso de elementos góticos, desde el arco ojival de la arquitectura al dorado del fondo de la tabla.

Anunciación es una de las tablas que Pedro Berruguete realizó para el retablo de la iglesia de Santa Eulalia de Paredes de Nava en 1473.

  

La etapa italiana (1473-1482) debió desarrollarse en varias ciudades. Entre 1473 y 1477 quizá estuviese en Nápoles y Roma, y desde este año en Urbino, donde debió conocer la obra de Jan van Eyck, aunó la pintura gótica hispanoflamenca con la renacentista italiana, aprendió a retratar el desnudo, el cuerpo en movimiento y el escorzo. Además, pintó alguna de sus obras más destacables. Colaboró con Justo de Gante, terminando algunas obras iniciadas por este, caso de Vitorino da Feltre y El papa Sixto IV, ambas de 1475, y con Francesco di Giorgo Martini, que pintó los elementos arquitectónicos de Federico de Montefeltro y su corte escuchando la lección de un humanista (1475).

Pedro Berruguete colaboró con Juan de Gante en la realización de diversos retratos de personajes ilustres, caso de El papa Sixto IV (1475).

  

La gran obra de Pedro Berruguete en Italia es Retrato de Federico de Montefeltro y su hijo Guidobaldo (1474-1477) para la serie de 28 retratos de hombres célebres, que adornaría la biblioteca de Federico de Montefeltro, duque de Urbino. Se trata de un retrato doble; Federico de Montefeltro aparece en su estudio, sentado en un trono, retratado como humanista y militar, rodeado de símbolos de poder y conocimiento, desde una armadura a un libro, además de los símbolos que le identifican como caballero del Toisón de Oro y de la Orden de la Jarretera, y como símbolo de su reconocimiento internacional la mitra de perlas, regalo del sultán otomano, sobre la estantería; aparece retratado del perfil izquierdo, puesto que el lado derecho del rostro se lo desfiguró en un lance durante un torneo. Guidobaldo aparece de pie apoyado sobre la rodilla derecha de su padre, está vestido de gala, con abundantes joyas. El cuadro presenta un formato vertical con la perspectiva en orientación derecha izquierda.

Pedro Berruguete trabajó para el duque de Urbino, siendo su mejor obra Retrato de Federico de Montefeltro y su hijo Guidobaldo (1474-1477).

  

Pedro Berruguete abandonó Urbino tras el fallecimiento de Federico de Montefeltro en 1482.

Durante la etapa castellana (1483-1503) la Iglesia fue el cliente principal de Pedro Berruguete, que se especializó en pinturas para retablos. En las obras de esta etapa se aprecia una mejor representación de la perspectiva, de la anatomía humana en movimiento y de la arquitectura clásica, si bien sigue utilizando elementos góticos, tan característicos en Castilla.

La presencia de Pedro Berruguete en Toledo está documentada a partir de 1483, trabajando en la catedral de Santa María por decisión del cardenal Mendoza. También trabajó en otras localidades castellanas, donde realizó importantes obras, una de ellas La decapitación de san Juan Bautista (1485) para la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Santa María del Campo; combinó características de la pintura italiana, como la perspectiva, la arquitectura clásica y la gradación de la luz, con otras de la pintura hispanoflamenca, como la elegancia y el detallismo en los vestidos de las mujeres.


En La decapitación de san Juan Bautista (1485) se aprecia el estilo personal de Pedro Berruguete, que supo combinar los estilos hispanoflamenco y renacentista italiano.

  

Otras obras que Pedro Berruguete realizó fuera de Toledo durante estos años fueron Milagro de la pierna de san Cosme y san Damián, Virgen con el Niño, Lamentación sobre Cristo muerto, Díptico de la Pasión y Asunción de la Virgen, todas hacia 1490. 

Pedro Berruguete perdió a su valedor tras la muerte del cardenal Mendoza en 1495; aun así, trabajó en la catedral de Santa María de Toledo hasta 1497 para concluir los trabajos que tenía comprometidos: Anunciación, Nacimiento de Cristo y Adoración de los Magos, todos para el claustro catedralicio.

Fray Tomás de Torquemada, primer inquisidor general de Castilla y Aragón y miembro de la orden de los dominicos, llamó a Pedro Berruguete para que participase en la decoración del Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila en 1499. Realizó varias tablas dedicadas a santo Domingo de Guzmán y san Pedro Mártir de Verona, santos dominicos. Son las mejores obras de Pedro Berruguete.

Las tablas dedicadas a santo Domingo de Guzmán son Aparición de la Virgen a una comunidad de dominicos, Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán, Santo Domingo y los albigenses, Santo Domingo resucita a un joven y Santo Domingo de Guzmán.

En Aparición de la Virgen a una comunidad de dominicos se recoge el momento en el que la Virgen María se aparece a un grupo de monjes dominicos, que, gracias a su devoción mariana, lograron hacer desaparecer el demonio, que tanto intentó perturbarlos.

Pedro Berruguete en Aparición de la Virgen a una comunidad de dominicos (1499) representa la intensa devoción mariana de los dominicos.

  

En Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán se representa un episodio sucedido entre 1212 y 1221, aquel en el que santo Domingo de Guzmán presidió el auto de fe en el que se procesó al hereje Raimundo de Corsi y a otros albigenses; a santo Domingo de Guzmán se le reconoce por vestir los hábitos de la orden dominica con las tres flores de lis y el nimbo; aparece sentado en el trono de la tribuna superior, con la mano derecha extendida en ademán de clemencia hacia Raimundo de Corsi, que al abjurar de la herejía albigense fue indultado de morir en la hoguera; seis jueces acompañan a santo Domingo de Guzmán en el tribunal, tres a cada lado, uno de ellos sostiene el pendón del Santo Oficio; en la grada inferior aparecen doce hombres, unos leyendo las sentencias a los herejes, otros hablando, otros observando el desarrollo del Auto de fe y otro sentado durmiendo con la cabeza apoyada en el respaldo de la grada; el graderío está cubierto con un dosel; en primer plano aparecen soldados a caballo y a pie, clérigos, verdugos, público y condenados; dos de los condenados están desnudos en el quemadero a la espera de que sea encendida la hoguera y otros dos con corazas y sambenitos en los que se lee “condenado herético”. Aunque el auto de fe se desarrolló en el siglo XIII todos los personajes visten a la moda de finales del siglo XV.


Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán (1499) es la obra más importante que Pedro Berruguete realizó para el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila.

  

En Santo Domingo y los albigenses se muestra un episodio de la prueba del fuego; santo Domingo ordenó arrojar al fuego los libros albigenses, pero uno asciende y se salva de las llamas, lo que acreditaba que no era un libro herético para la fe católica.

Pedro Berruguete pintó la prueba del fuego en Santo Domingo y los albigenses (1499).

  

En Santo Domingo resucita a un joven se representa un doble episodio, en el primero, que se ve en el exterior, el joven Napoleón Orsini cae de un caballo y muere, en el segundo, en el interior, santo Domingo, levitando de rodillas, bendice con la mano derecha a Orsini, que se incorpora, volviendo a la vida ante la sorpresa de los asistentes.

Pedro Berruguete en Santo Domingo resucita a un joven (1499) representa uno de los milagros que se atribuyen al santo.

  

Santo Domingo de Guzmán es la tabla central del retablo dedicado al santo. Aparece retratado de pie, de frente, con la mirada baja, con la mano izquierda sostiene un libro del que brota la flor de lis, con la mano derecha empuña una cruz, que clava en el perro demoniaco. Se aprecia la influencia italiana en la representación de la perspectiva lineal y la influencia hispanoflamenca en la abundancia del dorado.


Pedro Berruguete en Santo Domingo de Guzmán (1499) retrató al santo como inquisidor general por iniciativa de fray Tomás de Torquemada. Nunca ocupó ese cargo, pero a fray Tomas de Torquemada le sirvió para reforzar el papel de la Inquisición y el suyo.

  

Las tablas dedicadas a san Pedro Mártir de Verona son San Pedro Mártir, San Pedro Mártir en oración, Muerte de san Pedro Mártir, El milagro de la nube y Adoración del sepulcro de san Pedro Mártir.

San Pedro Mártir es la tabla del retablo dedicado a san Pedro Mártir de Verona. Al santo se le identifica por los elementos martiriales: el cuchillo en incrustado en la cabeza, el puñal clavado en el pecho, la palma con las tres coronas y el libro abierto por la oración del Credo. Hay que mencionar que se combinan elementos arquitectónicos góticos y renacentistas y al santo se le dota de movimiento al adelantar una pierna.

San Pedro Mártir (1499) fue la tabla central del retablo dedicado a ensalzar la figura de este santo dominico.

  

En San Pedro Mártir en oración se retrata al santo de rodillas ante un crucifijo; se lamenta ante Cristo, a quien dirige la mirada y sus palabras, por sufrir por Él sin haber hecho daño a nadie, a los que el Señor le responde “¿Y yo, Pedro, qué mal hice?”. El diálogo entre los dos aparece escrito en latín sobre el paño dorado, que cubre el muro de cierre de la escena.

Pedro Berruguete en San Pedro en oración (1499) vuelve a combinar las enseñanzas de la escuela hispanoflamenca, como la utilización del dorado como fondo de la escena, y del estilo renacentista, caso de la perspectiva lineal y los elementos arquitectónicos clásicos.

  

En La muerte de san Pedro Mártir se representa el martirio de Pedro de Verona, prior del convento dominico de Como, en su camino hacia Milán, donde participaría en una vista contra unos herejes; unos correligionarios de estos le ataron y martirizaron hasta darle muerte; Pedro de Verona recoge su sangre y con ella escribe en el suelo el arranque del Credo.

En La muerte de san Pedro Mártir (1499) se subraya la importancia del martirio y de la oración del Credo.

  

En El milagro de la nube se recoge el momento en el que el hereje, sentado junto al púlpito, promete renunciar de su error si cesa el intenso calor que están sufriendo, entonces una nube nubla el cielo. Se combinan la perspectiva lineal y la jerárquica, por la cual san Pedro Mártir es de mayor tamaño que el resto de las figuras.

En El milagro de nube (1499) se reconocen características goticistas como la perspectiva jerárquica, el dorado y elementos arquitectónicos góticos.

  

En Adoración del sepulcro de san Pedro Mártir se recoge el momento en el que tiene lugar el milagro del encendido de la lámpara, que ilumina la estancia donde los creyentes rezan ante el sepulcro de san Pedro Mártir, un rayo de luz enciende la lámpara, que ocupa el centro de la escena, causando admiración entre unos y reforzando la fe en san Pedro Mártir. Pedro Berruguete sigue el relato que se recoge en La leyenda dorada, de Jacobo de Vorágine.


Pedro Berruguete se inspiró en La leyenda dorada, de Jacobo de Vorágine, para pintar Adoración del sepulcro de san Pedro Mártir (1499), donde se representa el milagro del encendido de la lámpara.

  

Pedro Berruguete pintó obras de notable interés en sus últimos años; hay que mencionar Cristo en la cruz (1499), San Juan Evangelista en Patmos (1499), La Virgen con el niño en un trono (1500), La Virgen de la leche (hacia 1500).

Pedro Berruguete se consagró como uno de los maestros de la pintura española por ser uno de los primeros maestros de la pintura renacentista en España, aunque nunca abandonó elementos característicos de la pintura gótica hispanoflamenca. Sus mejores obras fueron las que realizó para el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila a instancia del inquisidor general fray Tomás de Torquemada.

sábado, 25 de marzo de 2023

Juan de Flandes

Juan de Flandes (¿?, 1465-Palencia, 1519) fue uno de los pintores renacentistas españoles más destacados. Era de origen flamenco, pero la carrera artística que se le conoce la desarrolló en España desde 1496, al servicio de la reina Isabel la Católica hasta la muerte de esta en 1504, llegando a ser pintor de Corte, y luego en solitario en Castilla. Realizó obras de gran maestría entre las que hay que citar Retrato de Isabel la Católica (1500-1504), La resurrección de Lázaro (1518) y La Crucifixión (1519). 

La pintura de Juan de Flandes presenta las siguientes características:

  • Las figuras se agolpan en el primer plano, inmóviles y sin comunicación entre ellas.
  • Prevalencia de las líneas rectas, en particular las verticales.
  • Composiciones geométricas.
  • Predominio de los colores claros.
  • Protagonismo de la luz.
  • Con el fin de acercar sus obras a los espectadores de su época, las escenas se enmarcan en espacios arquitectónicos renacentistas, introdujo el paisaje castellano y vistió a los personajes con arreglo a la moda de su tiempo.
  • Utilizó la técnica del óleo sobre tabla. 

La carrera artística de Juan de Flandes pasó por las etapas siguientes:

  • Anterior a su llegada a España, antes de 1496.
  • Al servicio de la reina Isabel la Católica, de 1496 a 1504.
  • Salmantina, de 1504 a 1508.
  • Palentina, de 1509 a 1519.

Retrato de Isabel la Católica (1500-1504) es la obra maestra de Juan de Flandes.

  

De la etapa anterior a su llegada a España (antes de 1496) apenas se sabe nada. Se da por supuesto que se formó en la Escuela de Brujas y que le influyó Jan van Eyck y Hans Memling. Quizá estuvo al servicio del emperador Maximiliano I.

Durante la etapa al servicio de la reina Isabel la Católica (1496-1504), Juan de Flandes fue nombrado pintor de la Corte; le nombró la reina Isabel la Católica y le cesó el rey Fernando el Católico a la muerte de su esposa.

Juan de Flandes se ajustó a los valores estéticos de la reina Isabel la Católica, a la vez que fijó las características formales de su estilo.

Las obras religiosas más importantes durante los años que estuvo al servicio de Isabel la Católica fueron el Cristo sobre la piedra fría (1496-1497), La lamentación sobre Cristo muerto (hacia 1500) y políptico de Isabel la Católica (1496-1504); y entre los retratos hay que mencionar Retrato de una infanta, Catalina de Aragón e Isabel la Católica, ambos pintados entre 1500 y 1504.

La pintura Cristo sobre la piedra fría es de carácter devocional; representa el momento en el que Jesús de Nazaret espera la muerte, desnudo, sentado sobre una piedra, con la corona de espinas y la soga al cuello y atándole las manos, junto a la cruz y la vestimenta en el suelo; el paisaje subraya el sentimiento de abrumadora soledad del momento.


Cristo sobre la piedra fría (1496-1407) es una de las tablas devocionales que Juan de Flandes pintó estando al servicio de la reina Isabel la Católica.

  

Se sabe que Juan de Flandes se inspiró en una obra perdida de Hugo van der Goes para pintar La lamentación sobre Cristo muerto; Cristo marca la diagonal en escorzo desde el regazo de la Virgen María hasta la extremo inferior izquierdo de la tabla, mientras la Virgen María, san Juan y María Magdalena marcan las líneas verticales en semicírculo tras la imagen de Cristo, que ocupa el primer plano; aparecen elementos de la Pasión como la corona de espinas y los clavos, además se aprecian las heridas en el costado, manos y pies; los colores son simbólicos, representando el blanco y el jazmín la pureza, el verde la esperanza, el dorado la gloria y el azul la eternidad.


La lamentación sobre Cristo muerto (hacia 1500) es una de los cuadros religiosos más valorados de los que pintó Juan de Flandes.

  

El políptico de Isabel la Católica es una obra conjunta de Juan de Flandes y Michel Sittow. Se trata de una obra devocional que narra la vida de Jesús de Nazaret y la Virgen María, de la que se conservan la mitad de las 47 tablillas originales de pequeño tamaño; se caracterizan por un dibujo nítido, fuerza expresiva, cromatismo y luz intensos y predominio de líneas verticales.

Aún se debate si Juan de Flandes en Retrato de una infanta, Catalina de Aragón retrato a Catalina de Aragón o a otra infanta. En cualquier caso, presenta características propias del estilo de Juan de Flandes, como son el rostro ovalado de la mujer, perfilado con suavidad y de expresión dulce, además de luces y sombras delicadas. 


Retrato de una infanta, Catalina de Aragón (1500-1504) es una de las pinturas más delicadas de Juan de Flandes.

  

Juan de Flandes pintó Isabel la Católica en los últimos años de la vida de la reina, envejecida y afectada por la muerte temprana de algunos de sus hijos; la reina destaca sobre un fondo neutro, que se confunde con su vestido; aparece de busto, con la cabeza apenas girada hacia la derecha, vestida y peinada a la moda de la época, el único elemento que la adorna es la cruz griega y el joyel que descansan sobre su pecho; la luz es intensa e ilumina el rostro de la reina; la paleta de colores es escasa y contrastada entre el blanco y el negro, siendo el rojo y el verde las únicas notas de color; se aprecia el virtuosismo de Juan de Flandes en la reproducción exacta de las texturas de la vestimenta y el joyel de la reina. Este cuadro marcó el inicio del retrato oficial de la Corte de la Monarquía Hispánica, siendo también un estudio psicológico de la reina en ese momento. 

La etapa salmantina (1504-1508) se inició tras la muerte de Isabel la Católica y perder su condición de pintor de la Corte. Trabajó en solitario, en competencia con otros pintores y aceptando trabajos distintos a los que había hecho hasta entonces. Su producción durante estos años fue escasa, pero de mayor tamaño; trabajó para la Universidad de Salamanca, ocupándose en los retablos de la capilla y del hospital.

Juan de Flandes pintó La resurrección de Cristo en 1508. Cristo ocupa el centro de la escena, aparece sobre el sepulcro tras vencer a la muerte, dirigiendo la mirada a Dios Padre, haciendo la señal de la Trinidad con la mano derecha, mientras con la izquierda porta el estandarte de la Resurrección, además deja ver las heridas del martirio; tres soldados cierran la escena.


Juan de Flandes pintó La resurrección de Cristo (1508) ajustándose a los principios estéticos clasicistas.

  

La etapa palentina (1509-1519) presenta características distintas motivadas a la necesidad de trabajar más deprisa; por ello, reduce el número de figuras que aparecen en las escenas que compone y las hace más grandes, pero también más expresivas; además, introdujo y reprodujo con maestría edificaciones defensivas en ruinas y la “ciudad en llamas” descrita en la Biblia.

Juan de Flandes trabajó para personalidades que estuvieron vinculadas a la Corte de Isabel la Católica, caso del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, Sancho de Castilla, patrono de la iglesia de San Lázaro, y el almirante Enríquez, patrono del convento de Santa Clara.

La etapa palentina es la más productiva de Juan de Flandes en cantidad y calidad; entre las obras más destacadas hay que citar La resurrección de Lázaro (1510-1518), el retablo mayor de la santa iglesia catedral de San Antolín de Palencia (1509-1519) y La Crucifixión (1509-1519).

La resurrección de Lázaro formó parte de un retablo de la iglesia de San Lázaro de Palencia; Cristo aparece bendiciendo a Lázaro, a quien da la orden de incorporarse, este aparece sentado en el sepulcro mirando al Señor, su hermana María está arrodillada tras él; los personajes aparecen representados con un aire de monumentalidad; el estilo de los edificios y la indumentaria de los personajes son contemporáneos al momento de la ejecución de la tabla.


Juan de Flandes introdujo la moda y la arquitectura de su tiempo en sus pinturas para que los espectadores se sintiesen más identificados con su obra. Así se aprecia en La resurrección de Lázaro (1510-1518).

  

Juan de Flandes participó en el retablo mayor de la santa iglesia catedral de San Antolín de Palencia pintando las escenas de la vida de Jesús de Nazaret, aunque algunas de las tablas no se incluyeron en el retablo tras las modificaciones que sufrió este, una de esas tablas fue La Crucifixión; sí se incluyeron las tablas Descendimiento y Piedad.

La Crucifixión debió formar parte del retablo mayor la santa iglesia catedral de San Antolín de Palencia; presenta un formato apaisado de gran tamaño; aparecen representados Cristo, que hace las veces de eje compositivo, y, de izquierda a derecha, san Juan, la Virgen María, María de Cleofás, María Salomé, María Magdalena, un jinete, un centurión y un soldado, además de los personajes inanimados de la nube, el tarro de ungüentos, la calavera, el fémur y la cadera, piedras preciosas y Jerusalén al fondo; el aspecto de Cristo es siríaco y exhibe los elementos de la Pasión. Los gestos, los colores y muchos de los elementos que componen la escena tienen un significado simbólico: las manos de María Cleofás y María Salomé el poder de la oración, el blanco la pureza, el verde la esperanza, el azul la nobleza de corazón, el rojo la Pasión y el dorado la Gloria, el tarro de los ungüentos el perdón de los pecados, el centurión, la conversión, el soldado, el cumplimiento de las profecías, la calavera, el fémur y la cadera el pecado capital de Adán y Eva y las piedras preciosas el Paraíso. Juan de Flandes aprovechó el gran tamaño de las figuras para dotarlas de monumentalidad, volumen y pliegues marcados, además remarcó algunos contornos para subrayar el modelado de las figuras. La luz entra por el lado izquierdo proyectando las sombras hacia la derecha. Los colores tienen una tonalidad oscura en coherencia con los semblantes doloridos de los personajes que aparecen en la escena.


La Crucifixión (1509-1519) es la obra maestra de la etapa palentina de Juan de Flandes y quizá de toda su carrera artística.

  

Juan de Flandes alcanzó a ser uno de los pintores más destacados de la pintura renacentista española partiendo del estilo flamenco para desarrollar un estilo personal ajustado a los valores estéticos de la corte de la reina Isabel la Católica de finales del siglo XV y castellanos de las primeras décadas del siglo XVI.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Yáñez de la Almedina

Fernando Yáñez de la Almedina (Almedina, 1475-1537) fue uno de los pintores renacentistas españoles más sobresalientes. Se formó en Italia e introdujo en España las enseñanzas de Leonardo da Vinci. Su carrera artística en España la realizó en Valencia, Cuenca y Almedina, durante unos años en colaboración con Fernando de Llanos. Su obra maestra es Santa Catalina (1510), una de las obras más destacadas del Renacimiento. 

Las pinturas de Yáñez de la Almedina se caracterizan por composiciones equilibradas, el sfumato leonardesco, figuras monumentales, bien proporcionadas en actitud serena, introducción de arquitectura clásica como marco escenográfico y de elementos moriscos y como técnica empleada el óleo sobre tabla. 

La trayectoria artística de Yáñez de la Almedina pasó por tres etapas:

  • Italiana, antes de 1506.
  • Valenciana, de 1506 a 1518.
  • Almedinense, de 1518 a 1537.
Santa Catalina (1510) es la obra maestra de Yáñez de la Almedina y la que mejor muestra cuánto le influyó Leonardo da Vinci.

  

La etapa italiana (antes de 1506) fue breve, pero intensa. No hay datos de sus años de formación en España, por lo que no se sabe con qué grado de conocimientos llegó a Italia; tampoco se sabe en qué año llegó a Italia, pero sí está documentada su presencia en 1505 y sé sabe que regresó a España en 1506. En Italia se formó en Milán, Florencia y Roma; trabajó con Leonardo da Vinci, de quien aprendió su manera de pintar hasta asumir su estilo; también estudió a otros maestros italianos, caso de Lippi, Perugino, Pollaiuolo y Rafael; además estudió los grabados de Durero. Inició su colaboración con Fernando de Llanos. De esta etapa son las obras Santos en un paisaje, El Salvador y La batalla de Anghiari, de la Gran Sala del Consejo de la Señoría de Florencia, en colaboración con Leonardo da Vinci, pero que quedó sin terminar.

Durante la etapa valenciana (de 1506 a 1518) sigue trabajando con Fernando de Llanos en algunas de sus obras más sobresalientes, la primera de ellas el retablo de los santos Cosme y Damián (1506) para la iglesia catedral basílica metropolitana de la Asunción de Nuestra Señora de Valencia, de la que la tabla dedicada a san Cosme la debió hacer Yáñez de la Almedina y la predela, en la que aparece una Piedad, la pintaría en colaboración con Fernando de Llanos.

Otra obra en la que colaboraron Yáñez de Almedina y Fernando de Llanos fue el retablo mayor de la iglesia catedral basílica metropolitana de la Asunción de Nuestra Señora de Valencia (1607), compuesto por doce tablas en las que se representan los gozos de la Virgen María. De Yáñez de la Almedina son las tablas Abrazo ante la Puerta Dorada, Presentación de María en el templo, Visitación, Natividad, Pentecostés y Dormición de María. Son obras de gran formato en las que se reconoce todo lo que Yáñez de la Almedina aprendió en Italia, en particular de Leonardo, abriendo la etapa clásica de la pintura renacentista española.


El retablo mayor de la iglesia catedral basílica metropolitana de la Asunción de Nuestra Señora de Valencia es obra de Yáñez de la Almedina y Fernando de Llanos. La tabla Pentecostés es del primero.

  

Yañez de la Almedina pintó dos de sus obras más destacadas en 1510: San Damián y Santa Catalina.

En San Damián las líneas verticales del traje del santo se imponen a las horizontales de un paisaje inconcluso; la paleta de colores está equilibrada entre el azul, el encarnado, el negro y el ocre; la condición de patrón de los médicos de san Damián viene indicada por el tarro de ungüentos que sostiene en la mano izquierda.

Santa Catalina es su obra maestra. Yáñez de la Almedina representa a santa Catalina de Alejandría en primer término de cuerpo entero, de pie, delante de una arquitectura, en la parte baja renacentista, asemejando mármol, y en la parte alta morisca, imitando piedra y ladrillo. Aparecen los símbolos martiriales que identifican a la santa: a sus pies la rueda dentada y en su mano derecha la espada con la que fue decapitada; otros símbolos son la corona, que alude a su ascendencia real, el libro en referencia a su sabiduría y la palma que dice que murió siendo virgen; aparece vestida con telas lujosas para simbolizar su origen aristocrático, las telas son pesadas, en color azul, oro y rojo, adornadas al modo morisco, con motivos epigráficos; la santa recoge con su mano derecha la túnica formando pliegues angulosos; y está adornada con nimbo, velo y un collar de perlas, oro y piedras preciosas. La disposición vertical de santa Catalina de Alejandría se compensa con el movimiento suave de los brazos y la monumentalidad por la expresión leonardesca y mirada delicada. Esta obra sirvió para consolidar en España el estilo leonardesco.

Yáñez de la Almedina volvió a trabajar para la iglesia catedral basílica metropolitana de la Asunción de Nuestra Señora de Valencia entre 1511 y 1514, ocupándose en la decoración del órgano.

Yáñez de la Almedina viajó a Barcelona en 1515 para valorar las pinturas que Juan de Borgoña realizó para el retablo de la iglesia de Santa María del Pino. Se desconoce si realizó alguna obra durante su estancia en Barcelona.


Cristo presenta a la Virgen a los redimidos del limbo es una de las obras más representativas de los últimos años de Yáñez de la Almedina en Valencia. Sin abandonar el clasicismo, la pintura se oscurece.

  

Durante los últimos años de la etapa valenciana, entre 1515 y 1518, Yáñez de Almedina se aleja del clasicismo luminoso para introducir algunas novedades en sus obras: los personajes se agolpan en el primer plano, la iluminación se oscurece y en la paleta de colores predominan los tonos fríos. Así se pone de manifiesto en Resurrección, Calvario y Cristo presenta a la Virgen a los redimidos del limbo. Esta última obra es singular porque desarrolla un tema poco tratado en la producción artística; se vale de un elemento arquitectónico, la pilastra, para dividir el escenario y separar a los personajes, la Virgen María aparece a la derecha, con expresión sumisa, mientras Cristo resucitado, señalando a su madre, y los padres y patriarcas del limbo abarrotan el lado izquierdo de la tabla.

La etapa almedinense (de 1518 a 1537) se desarrolló entre la localidad de Almedina y Cuenca. Muchas de las obras de este período se han perdido, caso del retablo mayor de la iglesia parroquial de Almedina, y muchas otras no se conservan en el lugar para el cual fueron realizadas.

De los primeros años de la etapa almedinense es La Sagrada Familia (1523), San Onofre y San Francisco de Asís, ambos de 1525. En La Sagrada Familia sigue a Leonardo da Vinci en la agrupación geométrica de las figuras, en San Onofre se detiene en hacer un estudio anatómico del cuerpo semidesnudo del santo y en San Francisco de Asís se mantiene fiel a sus principios estéticos en la definición de los rasgos faciales, rostro oval, barbilla pronunciada, ojos grandes y mirada esquiva; en los dos últimos cuadros también aparece una característica de Yáñez de la Almedina, el muro de ladrillo para delimitar el espacio.


Yáñez de la Almedina reflejó en San Francisco de Asís (1515-1525) dos de las características estéticas que le definen, el rostro ovalado del personaje y el muro de ladrillo para cerrar el espacio en el que se encuentra este.

  

Durante la etapa almedinense, Yáñez de la Almedina trabajó para la catedral de Santa María y San Julián de Cuenca entre los años 1526 y 1531. Para la capilla de los Carrillo Albornoz ejecutó los retablos Epifanía, Piedad y Crucifixión y para la capilla de Hernández del Peso el retablo de La Adoración de los pastores. A los modelos de Leonardo da Vinci y Filippo Lippi se suman los de Sebastiano del Piombo.


La Piedad es una de las tablas del retablo de la capilla de los Carrillo Albornoz de la catedral de Santa María y San Julián de Cuenca. Presenta composición piramidal.

  

Durante sus últimos años en Cuenca, quizá en 1530, Yáñez de la Almedina debió concluir Salvador eucarístico, iniciado cerca de 1520; representa al Cristo siriaco, de frente al espectador, con los párpados bajados, bendiciendo con la mano derecha y sujetando el cáliz con la izquierda y sobre el cáliz aparece la Sagrada Forma; se reconoce la inspiración leonardesca.


Yáñez de la Almedina se inspiró en Leonardo da Vinci para pintar Salvador eucarístico entre 1520 y 1530.

  

Yáñez de la Almedina regresó a su localidad natal para pasar los últimos años de su vida. Pinta Santa Ana, la Virgen, santa Isabel, san Juan y Jesús Niño (1532) para el retablo mayor de la iglesia de Santa María; recupera los modelos de Durero y Leonardo da Vinci, pero las proporciones son manieristas, además la iluminación es sombría.


Yáñez de la Almedina en Santa Ana, la Virgen, santa Isabel, san Juan y Jesús Niño (1532) alarga las proporciones de los personajes siguiendo criterios manieristas.

  

Yáñez de la Almedina es una de las figuras más destacadas de la pintura española por haber introducido en ella la estética leonardesca, consolidando el arte renacentista en España y, en sus últimos años, abrir el camino hacia el manierismo.