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sábado, 21 de marzo de 2026

Luisa Roldán

Luisa Roldán (Sevilla, 1652-Madrid, 1706), conocida como La Roldana, es la primera escultora española de la que se tiene noticia y es una de las representantes del arte barroco andaluz. Se formó en el taller de su padre, Pedro Roldán. El rey Carlos II la nombró escultora de Cámara (1692) y el rey Felipe V la confirmó (1701). Su categoría artística fue reconocida por Louis Mayeul Chaudon, que la cita en el Nouveau Dictionnaire Historique (1766). 

Las carrera artística y las obras de Luisa Roldán presenta las siguientes características:

  • Toda su producción es de carácter religioso y se ajusta a los principios del Concilio de Trento (1545-1563) y de la Contrarreforma.
  • Sus clientes fueron instituciones religiosas (iglesias, hospitales, cofradías, conventos y monasterios), la nobleza de Madrid y la Corona, desde que fue nombrada escultora de Cámara por el rey Carlos II en 1692 y confirmada por el rey Felipe V en 1701.
  • Trabajó materiales muy diferentes: piedra tallada y policromada, madera policromada, barro cocido y policromado, plata y bronce. En el policromado de sus figuras contó con la colaboración de su marido Luis Antonio Navarro de los Arcos.
  • Las figuras se ajustan a un criterio de belleza muy definido, que nunca abandonó: rostro ovalado, ojos rasgados, cejas arqueadas y boca entreabierta.
  • Las imágenes se caracterizan por su expresividad. La representación de los sentimientos es realista; los sentimientos más frecuentes se mueven entre el dramatismo y la serenidad.
  • Las esculturas evolucionan desde la monumentalidad por influencia del escultor flamenco José de Arce hasta la delicadeza por influencia del pintor español Bartolomé Esteban Murillo.
  • Las imágenes están dotadas de volumen y movimiento muy desarrollados. 

La carrera artística de Luisa Roldán pasó por tres etapas:

  • Sevillana, de 1671 a 1684.
  • Gaditana, de 1684 a 1688.
  • Madrileña, de 1688 a 1706. 

Durante la etapa sevillana (1671-1684), Luisa Roldán se formó en el taller de escultura de su padre, Pedro Roldán. Colaboró con este en la realización de cuatro ángeles para La Exaltación, paso de Semana Santa de la Hermandad del Cristo de la Exaltación de Sevilla. Además, se le atribuyen las siguientes obras: Virgen de la Regla para la Hermandad del Prendimiento de Sevilla, Virgen de la Estrella para la Hermandad de la Estrella de Sevilla, Virgen de la Sede para la iglesia del hospital de los Venerables Sacerdotes de Sevilla, Virgen con el Niño de la Academia de Medicina de Sevilla, Virgen del Carmen del convento carmelita de Santa Ana de Sevilla y Virgen Peregrina, que se conserva en el Museo del monasterio de Santa Cruz de Sahagún. 

Luisa Roldán definió su estilo durante la etapa gaditana (1684-1688). Durante de estos años firma algunas de sus mejores obras, caso de Ecce Homo (1684), San Servando y San Germán, ambas de 1687, las tres en la Santa y apostólica catedral de Santa Cruz de Cádiz, Nuestra Señora de la Soledad (1688) para la Cofradía de la Soledad de Puerto Real en la iglesia conventual de la Victoria. 

De las citadas, la obra de mayor trascendencia artística es Ecce Homo. Muestra un momento de la Pasión de Cristo, tras haber sido azotado; aparece en contraposto, cabeza inclinada hacia el hombro derecho, cabello negro, largo y ondulado, boca entreabierta, torso en parte desnudo, manos amarradas al frente y cubierto por una clámide púrpura con orla dorada, que forma una gran cantidad de pliegues de pequeño tamaño; las rodillas aparecen magulladas y brazos, torso y piernas apenas ensangrentados; se muestra descalzo. Los únicos postizos son las espinas de la corona y la caña que hace las veces de cetro. La anatomía es realista y minuciosa. Llama la atención la expresión dramática y conmovedora, que buscaba exacerbar la fe del creyente y su identificación con Cristo. La imagen se realizó de la cabeza a la cintura en madera de cedro y el resto, incluida la clámide, en madera de pino. La parte añadida es del tercer cuarto del siglo XVIII. La policromía original es de Luis Antonio de los Arcos, marido de Luisa Roldán. El Ecce Homo de Luisa Roldán es una obra maestra de la escultura barroca española.

El Ecce Homo de la Santa y apostólica catedral de Santa Cruz de Cádiz (1684) está considerada la obra maestra de Luisa Roldán por sus calidades y expresividad. Su fábrica es de madera policromada, uno de los materiales mejor trabajados por Luisa Roldán. En el policromado contó con la colaboración de su marido Luis Antonio Navarro de los Arcos.

  

Durante la etapa madrileña (1688-1706), Luisa Roldán siguió realizando tallas en madera policromada, destacando El arcángel san Miguel venciendo al demonio (1692) por encargo del rey Carlos II para decorar el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y Nazareno (hacia 1701-1705) para el convento de Nazarenos de Sisante, y en barro cocido policromado, debiéndose citar Virgen y el Niño con san Juan Bautista (1692) y El entierro de Cristo (1701). 

El conjunto El arcángel san Miguel venciendo al demonio es algo mayor que el natural. El arcángel aparece erguido, pisando al demonio, al que va a matar con la espada; el santo aparece frontal, pero con la cabeza hacia abajo, mirando sereno al demonio; el diablo se retuerce, su mirada es de miedo; la escena es dramática y está dotada de gran movimiento. La paleta de colores es escasa, predominando el blanco lechoso, el azul y el rojo, pero en tonos suaves. Parece ser que el rostro del arcángel es un autorretrato de Luisa Roldán y el del diablo un retrato de su esposo Luis Antonio Navarro de los Arcos. Con esta obra Luisa Roldán consiguió que el rey Carlos II la nombrase escultora de Cámara.

Luisa Roldán consiguió que el rey Carlos II la nombrase escultora de Cámara después de realizar El arcángel san Gabriel venciendo al demonio (1692). Es su mejor obra de la etapa madrileña en estilo barroco. La realizó en madera policromada.

  

El conjunto El entierro de Cristo llama la atención por la combinación de dos líneas compositivas: una horizontal, el cuerpo de Cristo inerte, y de izquierda a derecha Nicodemo, José de Arimatea, María Magdalena y san Juan, todos con expresiones dramáticas, habiendo representado a María Magdalena llorando sobre la mano izquierda de Cristo; y otra vertical, la lápida sostenida por dos acompañantes. La paleta de colores es variada y de tonalidades suaves. Con esta obra Luisa Roldán consiguió que el rey Felipe V la confirmase como escultura de Cámara.

Luisa Roldán realizó El entierro de Cristo en barro cocido policromado. Es una obra de pequeñas dimensiones, dominada por el dramatismo. Le valió que el rey Felipe V la confirmase como escultora de Cámara en 1701.

  

Luisa Roldán influyó en los colaboradores con los que contó en su taller de Cádiz, destacando Pedro Duque Cornejo (1678-1757).

sábado, 16 de marzo de 2024

Luis Salvador Carmona

Luis Salvador Carmona (Nava del Rey, 1708-Madrid, 1767) es uno de los escultores barrocos del siglo XVIII más destacados. Se formó en el taller de Juan Alonso Villabrille en Madrid. Estudió a Gregorio Fernández y Pedro de Mena, reconociéndose la influencia de estos en sus obras. Abrió su propio taller en 1731. Fue aceptado como maestro por la Junta Preparatoria para la creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1746, rechazado como escultor de cámara en 1748 y nombrado teniente director de escultura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1752. Participó en la decoración del Palacio Real de Madrid y del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. Sus mejores obras son las imágenes de temática religiosa. Se jubiló en 1766 después de perder la vista.

La obra de Luis Salvador Carmona presenta las siguientes características:

  • La mayor parte de sus creaciones son de temática religiosa.
  • La mayoría de sus obras son barrocas, pero algunas ofrecen características de los estilos rococó y neoclásico.
  • Combinó valores estéticos de las escuelas castellana y andaluza, en particular de autores tan destacados como Gregorio Fernández y Pedro de Mena.
  • Los materiales que utilizó para realizar sus esculturas fueron la madera policromada y el mármol.
  • Las imágenes ofrecen un realismo idealizado, además de expresiones delicadas y serenas.
  • Para dotar de más realismo a sus creaciones usó postizos para ojos, pestañas, uñas, cabello y heridas. 

La carrera artística de Luis Salvador Carmona pasó por las etapas siguientes:

  • Formación, de 1723 a 1729.
  • Colaboración con Juan Alonso Villabrille, de 1729 a 1731.
  • Escultor independiente, de 1731 a 1766. 

La etapa de formación (1723-1729) se desarrolló en Madrid, en el taller del escultor Juan Alonso Villabrille. Antes, en su localidad de Nava del Rey, conoció los trabajos de Francisco Martínez de Arce, Juan Correas, los hermanos Juan y Pedro de Ávila, Pedro Gamboa y Gregorio Fernández. Fue un religioso segoviano quien reconoció el talento de Luis Salvador Carmona y le introdujo en el taller de Juan Alonso Villabrille, de quien aprendió el oficio de escultor.

Durante la etapa de colaboración con Juan Alonso Villabrille (1729-1731) realizó con su maestro tres obras, las de San Isidro y Santa María de la Cabeza para el puente de Toledo y la de San Fernando para el Real Hospicio del Ave María y San Fernando. Las tres obras se encuentran en Madrid y están realizadas en piedra labrada.

La etapa como escultor independiente (1731-1766) se inició cuando abrió su taller. Su producción escultórica es muy abundante, destacando la imaginería, pero también conjuntos escultóricos para palacios reales. La mayor parte de su obra es de temática religiosa.

Durante los primeros años de esta etapa la producción no es tan prolija como la que ejecutó pasado el ecuador del siglo XVIII, pero desde el primer momento de gran calidad. Hay que citar la imagen Divina pastora (1738), en la que se representa a la Virgen María de medio cuerpo, vistiendo túnica, manto, vellón de lana y un tocado adornado con flores, ofreciendo espigas de trigo a una oveja a la que acaricia con la mano izquierda, siendo así una representación de la eucaristía; además, los colores predominantes están llenos de simbolismo -el blanco la pureza, el rojo la Pasión de Cristo y el azul la eternidad y la condición de la Virgen María como reina de los cielos-; la madera está policromada, pero no estofada, lo que apunta hacia neoclasicismo.

Luis Salvador Carmona en la imagen Divina pastora (1738) dejó la madera sin estofar, alejándose del estilo barroco para acercase al neoclásico.

  

Otra obra destacable de Luis Salvador Carmona que se ajusta a los principios estéticos neoclásicos es San Antonio de Padua (1741).

Luis Salvador Carmona se aproximó al escultor italiano Gian Domenico Olivieri, que, en 1740, vino a España para hacerse cargo de la decoración del Palacio Real de Madrid, además promovió la creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Así fue como Luis Salvador Carmona participó en la decoración del Palacio Real entre 1753 y 1761; suyos son San Isidro Labrador y San Dámaso y san Jerónimo, relieves en mármol que decoraron las sobrepuertas de la galería principal del Palacio Real por encargo de Fernando VI dentro de una serie de 36 relieves y medallones, pero que Carlos III desestimó por aparatosos. En San Isidro Labrador el santo ocupa el centro de la escena, reconociéndose a la derecha a santa María de la Cabeza y al caballero Vargas a la izquierda, con Madrid al fondo y ángeles en el cielo. En San Dámaso y san Jerónimo, este, vestido de cardenal y de rodillas, entrega al Papa el manuscrito de la Vulgata; aparecen rodeados del séquito papal y de los discípulos del santo. Para el Palacio Real de Madrid también hizo las estatuas Fernando I, Doña Sancha, Felipe IV, Ordoño II y Ramiro I.

San Isidro Labrador (1753-1761) es uno de los relieves en mármol de Luis Salvador Carmona que debieron haber decorado la galería principal del Palacio Real de Madrid.


Luis Salvador Carmona realizó un segundo relieve en mármol para decorar la galería principal del Palacio Real de Madrid, San Dámaso y san Jerónimo (1753-1761).

 

Luis Salvador Carmona también debe a Gian Domenico Olivieri haber participado en la decoración del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso. Realizó la Medalla del panteón de Felipe V (1758).

Luis Salvador Carmona realizó imágenes de la Virgen María y de santas de gran valor, destacando Virgen del Rosario, Santa Eulalia y Santa María Egipciaca, las tres realizadas en los primeros años sesenta del siglo XVIII.

La Virgen del Rosario del oratorio del Olivar de Madrid formó parte del conjunto escultórico realizado para el colegio y convento de Santo Tomás, destruido durante la guerra civil de 1936 a 1939. La composición es triangular, haciendo la Virgen María las veces de eje compositivo. Se representa a la Virgen María sentada en un trono; con el brazo izquierdo sujeta al Niño Jesús, que con sus manos sujeta sendos rosarios, a la vez que con la derecha bendice; el rosario que el Niño Jesús sujeta con la mano derecha lo recoge la Virgen María con su mano derecha, dejando a la vista el crucifijo que cuelga del extremo del rosario, estableciendo un nexo de continuidad entre el Niño Jesús y su Pasión y muerte en la cruz; la Virgen María y el Niño Jesús están flanqueados por dos ángeles, que aparece de pie y sujetan sendos rosarios; toda la escena descansa sobre cabezas de ángeles. La paleta de colores es escasa, pero está llena de simbolismo, el blanco lechoso de la piel simboliza la pureza, el rojo de la túnica de la Virgen María la Pasión que vivió su hijo, el dorado del broche que sujeta el manto de la Virgen la Gloria y el azul del manto de la Virgen y del vestido del Niño Jesús la eternidad, de la Virgen como reina de los cielos y del Niño Jesús su condición de Dios.


Virgen del Rosario (1760) pretende mover la fe del creyente hacia la Virgen María como intercesora ante el Niño Jesús mediante el rezo del rosario. Este elemento sirve para unir a la Virgen María y al Niño Jesús.

 

Santa Eulalia, también conocida como Santa Librada, es una imagen en la que aparece la mártir clavada en la cruz con cuatro clavos; a pesar del dolor de la crucifixión, el semblante es dulce y sereno con la mirada orientada al cielo, expresando el anhelo de la santa de encontrarse con Dios. La imagen transmite movimiento gracias al giro de la cabeza y la ligera flexión de la pierna izquierda. El vestido de la santa es casi tan blanco como su piel, pero aparece decorado con motivos florales de vivos colores y una cinta roja, que se anuda formado un lazo, lo que sirve para ceñir el vestido y sujetarlo, pues sus pliegues parecen movidos por el viento. Estos motivos decorativos caracterizan a esta obra dentro del rococó.


La imagen Santa Eulalia, también conocida como Santa Librada (1760), es una de las piezas que Luis Salvador Carmona realizó en estilo rococó, como se aprecia por la decoración florida en vivos colores del vestido de la santa.

   

Santa María Egipciaca quizá sea la obra maestra de Luis Salvador de Carmona y en ella se aprecia la influencia de la Magdalena penitente de Pedro de Mena. Santa María Egipciaca aparece representada como una mujer joven, de gran belleza, de cabello largo hasta las caderas, despeinada, pero con raya en medio; el rostro es de líneas suaves, mejillas redondeadas y labios y cejas bien definidas; viste un sayal de hoja de palma entrecruzada con un remiendo a la altura de la rodilla izquierda, le llega hasta los pies y aparece anudado con una cuerda a la altura de la cintura; los pies aparecen descalzos, el izquierdo adelantado con respecto al derecho, dotando a la imagen de movimiento; la mano derecha se lleva al pecho, representándose el arrepentimiento por su vida pasada disoluta, mientras con la izquierda sujeta una calavera, simbolizando la vida de meditación que llevó en el desierto; a los pies aparecen dos panes de los que se estuvo alimentando durante su retiro en el desierto. La paleta de colores es escasa con predominio de los tonos ocres y castaños, lo que sirve para subrayar la sobriedad de la escultura y despertar en el espectador la espiritualidad y misticismo que vivió María Egipciaca. El verismo en la representación se aprecia en los detalles y la expresividad de la santa.


Santa María Egipciaca (años sesenta del siglo XVIII) quizá sea la obra maestra de Luis Salvador Carmona. Es de estilo barroco y en el ella se aprecia la influencia de Magdalena penitente (1664) de Pedro de Mena. 

 

Luis Salvador Carmona durante sus últimos años en activo realizó varias imágenes de Cristo representándolo de distintas maneras. Cabe mencionar Cristo del perdón (1756), Jesús flagelado recogiendo las vestiduras (1760) y Cristo crucificado (1766). Son obras de una gran maestría barroca.

Cristo del perdón aparece arrodillado sobre la esfera terrestre en la que se representa el pecado original, se muestra doliente, siendo visibles las llagas de la Pasión y uno de sus elementos, la soga; la mirada es expresiva, se dirige a Dios Padre en el cielo en busca de consuelo; los pliegues del sudario son angulosos; el virtuosismo técnico se aprecia en la perfecta reproducción de la anatomía de Cristo y en la expresividad gestual, que se subrayan por el uso de postizos.


Cristo del perdón (1756) es una obra que se ajusta a los principios estéticos barrocos.

  

Jesús flagelado recogiendo las vestiduras exhibe un verismo virtuoso en el tratamiento de la fisonomía y expresividad de Cristo durante uno de los momentos más humillantes de la Pasión, aquel en el que es despojado de las prendas que porta y que recoge del suelo; la anatomía está perfilada con esmero, igual que las heridas que cubren todo su cuerpo; la fuerza expresiva se pone de manifiesto en la mirada, que se dirige al suelo, ensimismada y sufriente.


Jesús flagelado recogiendo las vestiduras (1760) es una de las obras barrocas de Luis Salvador Carmona que ganó más popularidad entre los creyentes por el momento elegido de la Pasión.

  

Cristo crucificado presenta un estudio anatómico virtuoso, donde están definidas con precisión la estructura ósea y la musculatura; el cuerpo parece vencerse al caer la cabeza hacia la derecha y caderas y rodillas hacia la izquierda; los pliegues oblicuos del paño de pureza aportan movimiento; la paleta de colores es escasa, pero contrastada, el castaño de la madera, el blanco lechoso de la piel y el rojo de las heridas en rostro, manos, costado, rodillas y pies; Cristo muestra la extenuación en el dolor a través de la boca entreabierta y la mirada apagada, pero mantiene la serenidad.


Cristo crucificado (1766) es una de las últimas obras de Luis Salvador Carmona. En ella muestra su virtuosismo en el tratamiento de la anatomía.

  

La trascendencia artística de Luis Salvador Carmona se constata por el volumen de obras que salieron de su taller, donde contó con una gran cantidad de colaboradores, entre los que destacaron su hijo Bruno, sus sobrinos Manuel y Juan Antonio y Francisco Gutiérrez Arribas; su actividad como docente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, influyendo en un gran número de alumnos; la importancia y número de los encargos recibidos, habiendo obras suyas en Madrid, Castilla, País Vasco, Navarra, Andalucía y América; haber contado entre sus clientes a la Corona y la Iglesia; y la realización de obras de estilo barroco y otras en las que se reconocen los estilos rococó y neoclásico.

Por último, hay que señalar que un número importante de sus obras localizadas en Madrid fueron destruidas por milicianos del Frente Popular durante la guerra civil de 1936 a 1939, debiéndose citar las de la congregación de San Fermín de los Navarros y las del colegio y convento de Santo Tomás, de la que solo se salvó la ya citada Virgen del Rosario del oratorio del Olivar.

sábado, 4 de febrero de 2023

Santa María Egipciaca, de Luis Salvador Carmona

Luis Salvador Carmona (Nava del Rey, 1708-Madrid, 1767) es uno de los escultores barrocos del siglo XVIII más destacados. Se formó en el taller de Juan Alonso Villabrille en Madrid. Estudió a Pedro de Mena, reconociéndose la influencia de este en sus obras. Abrió su propio taller en 1731. Participó en la decoración del Palacio Real de Madrid y en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. Sus mejores obras son de temática religiosa, destacando Virgen del Rosario (1760), Cristo crucificado y Santa María Egipciaca, ambas del segundo tercio del siglo XVIII.

Luis Salvador Carmona: Santa María Egipciaca, segundo tercio del siglo XVIII.
Estilo: Barroco.
Técnica: Madera policromada con incrustaciones de vidrio.
Temática: Religiosa.
Dimensiones: 101 x 45 x 37 cm.
Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid, España.

  

Santa María Egipciaca (344-422) fue prostituta desde la adolescencia en Alejandría y Jerusalén, donde una “fuerza invisible” le impidió entrar en la iglesia del Santo Sepulcro para celebrar la Exaltación de la Santa Cruz. Ella sintió remordimiento y al ver un icono de la Virgen Theotokos rezó, pidió perdón por sus pecados y prometió retirarse del mundo y vivir como una asceta. Fue entonces cuando pudo entrar en la iglesia y venerar la cruz. Al día siguiente se retiró al desierto al este del río Jordán. La leyenda dice que se llevó tres panes de los que siempre comió porque nunca se terminaban, además comía de lo poco que le daba la naturaleza. Vivió en el desierto 47 años. Un año antes de morir contó su vida a san Zósimo de Palestina. Este le llevó la comunión a santa María Egipciaca el Jueves Santo del año siguiente, pero encontró su cuerpo sin vida e incorrupto.

Luis Salvador Carmona representa a santa María Egipciaca como una mujer joven, de gran belleza, de cabello largo hasta las caderas, despeinada, pero con raya en medio; el rostro es de líneas suaves, mejillas redondeadas y labios y cejas bien definidas; viste un sayal de hoja de palma entrecruzada con un remiendo a la altura de la rodilla izquierda, le llega hasta los pies y aparece anudado con una cuerda a la altura de la cintura; los pies aparecen descalzos, el izquierdo adelantado con respecto al derecho, dotando a la imagen de movimiento. Todo ello muestra la vida disoluta que llevó santa María Egipciaca hasta su retiro en el desierto y la vida ascética que luego practicó.

La mano derecha se la lleva al pecho, mientras con la izquierda sujeta una calavera. El primer gesto representa el arrepentimiento por su vida pasada y el segundo la vida de meditación que llevó en el desierto.

A los pies aparecen dos panes de los que se estuvo alimentando durante su retiro en el desierto.

La paleta de colores es escasa con predominio del castaño y el ocre, lo que sirve para subrayar la sobriedad de la escultura y despertar en el espectador la espiritualidad y misticismo que vivió santa María Egipciaca.

El verismo en la representación se aprecia en los detalles y la expresividad de santa María Egipciaca.

Luis Salvador Carmona se inspiró en la Magdalena penitente, de Pedro de Mena, para realizar Santa María Egipciaca. Se aprecia en la disposición de la imagen, gestos, expresividad y semejanza en el sayal. Luis Salvador Carmona sustituyó el crucifijo que porta la Magdalena penitente, de Pedro de Mena, por una calavera.

La primera ubicación de Santa María Egipciaca fue la capilla del Ángel del convento de Trinitarios Descalzos de Madrid, en 1912 fue trasladada al Museo Arqueológico Nacional de Madrid y en 1933 al Museo Nacional de Escultura, hoy Museo Nacional Colegio San Gregorio.

sábado, 8 de octubre de 2022

Ecce Homo, de Luisa Roldán

Luisa Roldán (Sevilla, 1652-Madrid, 1706), conocida como La Roldana, es la primera escultora española de la que se tiene noticia y es una de las representantes del arte barroco andaluz. Se formó en el taller de su padre, Pedro Roldán. Su carrera pasó por tres etapas: sevillana, de 1671 a 1684, gaditana, de 1684 hasta 1688, y madrileña, de 1688 hasta 1706. Toda su producción es de carácter religioso. De entre sus obras destacan San José con el Niño (1677), Ecce Homo de la Santa y Apostólica catedral de la Santa Cruz de Cádiz (1684), Nuestra Señora de la Soledad (1688) y El entierro de Cristo (1701).

Luisa Roldán: Ecce Homo, 1684.
Estilo: Barroco.
Técnica: Madera policromada.
Temática: Religiosa.
Dimensiones: 165 cm.
Santa y Apostólica catedral de la Santa Cruz de Cádiz, España.

  

El Ecce Homo, de Luisa Roldán, muestra un momento de la pasión de Cristo, tras haber sido azotado. Cristo aparece en contraposto, cabeza inclinada hacia el hombro derecho, cabello negro, largo y ondulado, boca entreabierta, torso en parte desnudo, manos amarradas al frente y cubierto por una clámide púrpura con orla dorada, que forma una gran cantidad de pliegues de pequeño tamaño. Ofrece las rodillas magulladas y brazos, torso y piernas apenas ensangrentadas. Aparece descalzo. Los únicos postizos son las espinas de la corona y la caña que hace las veces de cetro.

Luisa Roldán ha sabido dotar a la imagen de una anatomía realista y minuciosa. 

La imagen se realizó de la cabeza a la cintura en madera de cedro y el resto, incluida la clámide, en madera de pino. La parte añadida se data en el tercer cuarto del siglo XVIII.

La policromía original es de Luis Antonio de los Arcos, marido de Luisa Roldán.

Por todo lo dicho, el Ecce Homo de Luisa Roldán es una obra maestra de la escultura barroca española. Llama la atención la expresión dramática y conmovedora, que buscaba exacerbar la fe del creyente y su identificación con Cristo. 

Este Ecce Homo de Luisa Roldán fue adquirido en 1688 por el presbítero Francisco Maderuelo, que lo donó a la Orden de los Carmelitas Descalzos. En 1868 fue trasladado a la Santa y Apostólica catedral de la Santa Cruz de Cádiz. José Miguel Sánchez Peña lo restauró en 1984.

sábado, 12 de marzo de 2022

Cristo yacente, de Gregorio Fernández

Gregorio Fernández (Sarria, 1576-Valladolid, 1636) es el mejor representante de la Escuela castellana de escultura barroca. Se formó como escultor con Francisco de Rincón y Pompeo Leoni. Se instaló en Valladolid en 1605 atraído por su condición de capital de la Monarquía Hispánica. Contó con clientes poderosos y adinerados: Felipe III, el duque de Lerma, los condes de Fuensaldaña, órdenes monásticas y cofradías de Semana Santa. En 1606 Madrid recuperó la capitalidad, pero Gregorio Fernández decidió quedarse en Valladolid y fundar un taller de escultura que atendiese un número creciente de encargos. Sus obras son de temática religiosa destacando el Cristo yacente (1614), La Piedad con dos ladrones (1616) y El Señor atado a la columna (1619).

Gregorio Fernández: Cristo yacente, 1614.
Estilo: Barroco.
Técnica: Madera policromada.
Temática: Religiosa.
Dimensiones: 190 x 73 x 43 cm.
Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid, España.

  

Cristo yacente se trata de Cristo muerto sin acompañamiento de ningún tipo, ni la cruz, ni la Virgen, ni ningún otro personaje, sólo Cristo antes de ser enterrado. El cadáver de Cristo aparece desnudo, tendido sobre una sábana y un almohadón y con la cabeza inclinada hacia el lado derecho. Las señales del sufrimiento son visibles: la herida en el costado derecho, la sangre brotando de la misma, de las rodillas y de la frente, párpados caídos, casi cerrados, boca entreabierta, que deja ver los dientes, esternón elevado, costillas marcadas, pies entumecidos, bañado en sudor. El cuerpo está modelado con delicadeza y maestría, el estudio anatómico es perfecto en el tratamiento de cada parte del cuerpo. La maestría en las texturas también se muestra en los pliegues de la sábana, que en parte hace las veces de paño de pureza. Se usaron postizos para aumentar el patetismo: cristal para los ojos, marfil para los dientes, asta para las uñas, resina para el sudor y las lágrimas y corcho para los coágulos de sangre.

La fuerza expresiva de Cristo se centra en el rostro, que muestra las señales del sufrimiento vivido para la salvación de los creyentes.

  

Las imágenes de Cristo yacente se situaban en el sotabanco de los retablos y se sacaban en procesión durante la Semana Santa –aún hoy sigue siendo así– con el fin de promover la identificación del creyente con Cristo. En este sentido, Gregorio Fernández, inspirándose en los principios de la Contrarreforma, popularizó un nuevo tipo de imagen, el Cristo yacente, solo, a la espera de ser enterrado.

Después del Cristo yacente del monasterio de San Felipe Neri de Madrid Gregorio Fernández hizo otros: los de San Pablo, Santa Catalina y Santa Ana, en Valladolid, los de la Encarnación y San Plácido, en Madrid, los de los conventos de las Clarisas en Monforte de Lemos y Medina de Pomar y el de la Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y San Frutos de Segovia.

Gregorio Fernández tuvo el acierto de popularizar un tipo iconográfico que se insertó en el imaginario del creyente español.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Martínez Montañés

Juan Martínez Montañés (Alcalá la Real, 1568-Sevilla, 1649) se trasladó con su familia a Granada en 1578, donde comenzó su formación como escultor bajo la dirección de Pablo de Rojas. En 1582 se instaló en Sevilla y en 1588 obtuvo el título de maestro escultor de imaginería y ensamblador. Se le reconoce como el creador de la escuela sevillana de escultura barroca. Entre sus obras destacan imágenes como Cristo de la Clemencia (1606) e Inmaculada Concepción (1631) y los retablos del monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce (1613) y de la iglesia de San Miguel de Jerez (diseñado por Martínez Montañés en 1601 y concluido por Juan de Arce en 1655). Entre sus colaboradores hay que citar a los pintores Francisco Pacheco, Juan de Uceda y Baltasar Quintero, que se encargaron de la policromía de muchas de sus esculturas.
  
San Cristóbal con el Niño Jesús (1597) es la primera obra de Martínez Montañés que ha llegado hasta nuestros días.


Las características de la producción escultórica de Martínez Montañés son las siguientes:
  • Toda la producción es de temática religiosa, excepto el busto de Felipe IV para la estatua Felipe IV a caballo de Pietro Tacca.
  • La mayor parte de su producción fueron imágenes devocionales y retablos para la decoración de iglesias.
  • El material de trabajo preferido fue la madera policromada, pero también trabajó el marfil y el barro.
  • Sus esculturas son realistas.
  • La expresividad de sus imágenes es serena, pero se ajusta a los principios del Concilio de Trento (1545-1563) y la Contrarreforma con el fin de exacerbar en el espectador los sentimientos religiosos. 

La carrera profesional de Martínez Montañés pasó por las etapas siguientes:
  • De formación, de 1579 a 1582.
  • Magistral, de 1582 a 1630.
  • Plenitud barroca, de 1630 a 1649.

La etapa de formación (1579-1582) se desarrolló en Granada a la sombra de Pablo de Rojas de quien adquirió el gusto por la expresión serena y las composiciones equilibradas. No se conservan obras de esta etapa.

La etapa magistral (1582-1620) se abre a su llegada a Sevilla, donde conoce a los escultores Gaspar Núñez Delgado, Andrés de Ocampo y Jerónimo Hernández. En 1588 consiguió el título de maestro escultor de imaginería y ensamblador. Puso en marcha la escuela sevillana de escultura barroca. Además, fue protagonista de tertulias culturales celebradas en la Casa de Pilatos o en la academia del pintor Francisco Pacheco, donde conoció a Velázquez y Alonso Cano. También se dedicó al estudio de la Biblia y de textos de santa Teresa de Jesús, fray Luis de Granada y san Juan de la Cruz, además de pertenecer a la agrupación religiosa Congregación de la Granda, que defendía la concepción inmaculada de la Virgen María, lo que le enfrentó en numerosas ocasiones a la Inquisición. De esta etapa es su obra maestra como Cristo de la Clemencia (1606).

Las primeras obras que se conservan de Martínez Montañés son San Cristóbal con el Niño Jesús (1597) de la iglesia del Salvador de Sevilla, de grandes proporciones y aspecto naturalista, concebida como paso procesional; San Jerónimo del retablo mayor del convento de Santa Clara de Llerena (1598), el túmulo de Felipe II (1598), del que realizó diecinueve esculturas, y el retablo de la capilla de San Onofre del convento de San Francisco de Sevilla (1604), hoy desaparecido.

Martínez Montañés se vio influido por Torrigiano en Santo Domingo penitente (1605). El santo aparece con el torso desnudo, el hábito caído formando amplios pliegues, en actitud penitente, dirige la mirada al crucifijo que sostiene con la mano izquierda, en la mano derecha sostendría un flagelo con el que se estaría azotando la espalda.
  
El Santo Domingo penitente, de Martínez Montañés, se inspira en el San Jerónimo penitente, de Torrigiano. 


El Cristo de la Clemencia se encuentra en la sacristía de los cálices de la catedral de Santa María de la Sede de Sevilla. Se inició en 1603 y se finalizó en 1606. Representa a Jesús de Nazaret crucificado, pero aún vivo. Está sujeto a la cruz con cuatro clavos, uno en cada mano y pie, aunque la pierna derecha se cruza al modo del Cristo de tres clavos. La cabeza es prodigiosa: está inclinada hacia su hombro derecho; con corona de espinas; la mirada hacia abajo, directa al creyente que se sitúe delante de él, en un plano inferior; y la boca se presenta entreabierta. La sangre se limita a las heridas de manos y pies y a la que se derrama desde la corona a rostro y pecho. No aparece la herida en el costado. El paño de pureza se recoge en un nudo hacia su lado derecho; sus pliegues son de pequeño tamaño, pero sirven para crear un juego de luces y sombras. El estudio anatómico es perfecto en las formas y comedido en la tensión muscular. La expresión del dolor es contenida y serena. Del estofado y la encarnación, en tono mate, se encargó Francisco Pacheco. El Cristo de la Clemencia es manierista si se atiende a su canon alargado, pero barroco en el mensaje y forma de transmitirlo. Cristo dialoga con el creyente en torno al perdón: quien se le acerca lo hace para pedirle perdón, que lo recibe como prueba del amor misericordioso que el Señor tiene hacia sus hijos. 

Cristo de la Clemencia o Cristo de los cálices (1606) es la primera obra maestra de Martínez Montañés. 


El retablo mayor del monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce se inició en 1609 y se finalizó en 1613. Consta de banco, dos cuerpos y ático. La calle central está ocupada por las tallas de san Jerónimo y san Isidoro, las entrecalles por relieves que narran la vida de Jesús de Nazaret y el ático por un relieve de la Asunción y un Calvario. El retablo está flanqueado por las estatuas de los fundadores del monasterio, Alonso Pérez de Guzmán y María Alonso Coronal. Martínez Montañés contó con la ayuda de Juan de Mesa y Francisco de Ocampo. 

El retablo mayor del monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce (1613) es uno de los muchos retablos que realizó Martínez Montañés. 


San Francisco de Borja (1624) en la iglesia de la Anunciación de Sevilla es una imagen de candelero para vestir. El santo contempla un cráneo, símbolo de la muerte, que portaba en la mano izquierda, mientras con la derecha sostiene una cruz, símbolo de la vida eterna.

De esta etapa son Niño Jesús bendiciendo de la iglesia del Sagrario de Sevilla (1606), retablo mayor del convento de la Concepción de Lima (1607), retablo de san Juan Bautista de la iglesia de la Anunciación de Sevilla (1622) y retablo mayor del convento de Santa Clara de Sevilla (1626).

En la etapa de plenitud barroca (1630-1649) Martínez Montañés no abandona las composiciones equilibradas ni la serenidad, pero supo crear estereotipos barrocos como el de Inmaculada Concepción (1631), su obra maestra, que se ajusta a los principios contrarreformistas y a la presentación y defensa del misterio de la concepción virginal de María, madre de Dios. 

La Inmaculada Concepción de la catedral de Santa María de la Sede de Sevilla (1631) le sirvió a Martínez Montañés para transmitir la idea de la concepción original de la Virgen María. 


La Inmaculada Concepción preside el retablo homónimo de la capilla de los alabastros de la catedral de Santa María de la Sede de Sevilla. La Virgen María aparece de pie sobre un pedestal compuesto por una nube, una media luna y tres ángeles. Se la representa en su juventud; la mirada se dirige hacia el suelo en señal de obediencia hacia el Señor, en actitud orante con las manos unidas por los dedos delante del pecho; el cabello está suelto peinado con raya en medio, lo que simboliza la pureza de la Virgen; el rostro es nácar. La Virgen está coronada por doce estrellas, que simbolizan el apostolado y las tribus de Israel. Se apunta un tímido contraposto al avanzar la rodilla izquierda. Aparece vestida con túnica y manto, que recoge con las manos, creando unos pliegues angulosos. La policromía original fue de Baltasar Quintero, que eligió el blanco para la túnica y el azul para el manto, sin embargo, la policromía actual es de 1779. Con la Inmaculada Concepción de la catedral de Santa María de la Sede de Sevilla Martínez Montañés fijó un estereotipo de Virgen María que quedó incrustado en el imaginario de la ciudad de Sevilla y del Barroco español.

El retablo mayor de la iglesia de San Miguel de Jerez de la Frontera lo iniciaron en 1601 Martínez Montañés, Juan de Oviedo el Joven y Gaspar de Águila, en 1638 los cuatro cuadros de las calles laterales fueron sustituidos por relieves ejecutados por José de Arce y en 1643 Martínez Montañés finalizó su participación en la ejecución del retablo. De Martínez Montañés es el diseño del retablo y las esculturas Ascensión (1638), Batalla de los ángeles (1641) y Transfiguración (1643). Juan de Arce terminó el retablo en 1655. 

El retablo mayor de la iglesia de San Miguel de Jerez de la Frontera es uno de los más característicos de Martínez Montañés.


Otras obras de esta etapa son San Bruno (1634), el busto de Felipe IV para la estatua Felipe IV a caballo de Pietro Tacca (1635), San Juan Evangelista (1637) y San Juan Bautista (1638).

Martínez Montañés falleció en 1649 víctima de la peste que asoló Sevilla.

A Martínez Montañés se le debe haber creado la escuela sevillana de escultura barroca y haber fijado en el imaginario español los modelos de Cristo crucificado y de la Virgen inmaculada. Entre los discípulos de Martínez Montañés hay que citar a Alonso Cano y Juan de Mesa.