Francisco Herrera el Mozo (Sevilla, 1622-Madrid, 1685) fue uno de los pintores más destacados de la escuela madrileña de pintura barroca, además de arquitecto. Se formó como pintor con su padre Francisco Herrera el Viejo. Estuvo en Italia entre 1647 y 1653, donde conoció a Pietro de Cortona, estudió a la escuela veneciana y asumió los principios estéticos del Barroco italiano. Fue nombrado pintor de Corte por el rey Felipe IV en 1654 y pintor del Rey y maestro y trazador mayor de las obras reales por el rey Carlos II en 1677. Pintó retratos, pero sus mejores cuadros son de temática religiosa, caso de El triunfo de san Hermenegildo (1654), Triunfo del Sacramento o Apoteosis de la Eucaristía (1655) y Sueño de san José (1661). Como arquitecto su intervención más destacada fue la realización de los planos para la catedral basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (1679).
La
trayectoria artística de Francisco Herrera el Mozo pasó por cuatro etapas:
- Formación, hasta 1653.
- Primera etapa madrileña, de 1653 a 1655.
- Sevillana, de 1655 a 1660.
- Segunda etapa madrileña, de 1660 a 1685.
Francisco
Herrera el Mozo desarrolló su etapa de formación (hasta 1653) entre
Sevilla e Italia. La primera formación la recibió de su padre Francisco Herrera
el Viejo en su taller de Sevilla. Se le atribuye el lienzo La predicación de
santa Catalina de Siena ante el papa Urbano VI del convento de Santa María
la Real de Bormujos; se constata la influencia de su padre y de grabados
flamencos como se aprecia en la rigidez de las figuras, pero también una de sus
características posteriores, la pincelada suelta, que desarrolló en Italia. En el bodegón Vendedor
de pescado (hacia 1650) se reconoce una doble
influencia, la de su padre y la de Velázquez, que se pone de manifiesto en el
virtuosismo en la reproducción de los detalles.
Viajó a Italia en 1647. Conoció a Pietro de Cortona, además estudió a la escuela veneciana, en particular a Veronés, y asumió los valores estéticos barrocos italianos. Lo puso de manifiesto en las cartelas ornamentales grabadas en cobre, que fueron utilizadas como frontispicios de diferentes colecciones de manuscritos conservados en la iglesia nacional española de Santiago y Montserrat de Roma, realizadas en 1649.
Francisco Herrera el Mozo pintó su obra maestra durante la primera etapa madrileña (1653-1655), Triunfo de san Hermenegildo (1654), que formó parte del retablo mayor de la iglesia conventual de los Carmelitas Descalzos de Madrid. Se ajusta al tema de la apoteosis de santos en rompimiento de Gloria; san Hermenegildo aparece como un santo joven y vigoroso en ascensión hacia los cielos, viste al modo romano imperial con coraza y manto y en su mano derecha porta un crucifijo; alrededor del santo, unos ángeles ascienden con él llevando los atributos reales del cetro y la corona, los martiriales de las cadenas y el hacha, y los de santidad de la palma y la corona de flores; otros ángeles cantan y tocan a Gloria; en el nivel inferior, bajo san Hermenegildo, aparecen Leovigildo, rey visigodo y padre del santo, con armadura y gesto de angustia, y un obispo arriano, con cáliz en la mano y gesto de temor. Las características formales del cuadro son barrocas: la composición es helicoidal ascendente; las pinceladas son líquidas y difuminan el segundo plano; los colores son brillantes y luminosos, con predominio de azules y blancos; y contrasta el oscuro de la parte inferior, donde están Leovigildo y el obispo arriano, con la claridad celestial, donde se hayan san Hermenegildo y los ángeles. Triunfo de san Hermenegildo debe su relevancia artística e histórica a sus calidades, tanto que siempre ha sido considerado una obra maestra del Barroco; por haber influido en la obra de pintores de la talla de Claudio Coello, como se demuestra en Triunfo de san Agustín (1664); y por plasmar el ideario contrarreformista del catolicismo y de la Monarquía Hispánica frente al luteranismo.
Francisco
Herrera el Mozo pintó obras de gran valor artístico durante la etapa
sevillana (1655-1660), caso de Triunfo del Sacramento o Apoteosis
de la Eucaristía (1655) y Triunfo de
san Francisco o San Francisco recibiendo los estigmas
(1657). Triunfo del Sacramento o Apoteosis
de la Eucaristía se ajusta a los principios estéticos barrocos de
diagonales y movimiento marcados y teológicos contrarreformistas, siendo el
cuadro de temática eucarística y mariana; en el centro de la composición
aparece una custodia eucarística, fuente de luz; las figuras que la rodean son
la Virgen María en adoración y los doctores de la Iglesia como testigos, estos
son san Agustín con mitra de obispo, san Buenaventura con hábito de franciscano
y capelo cardenalicio, santo Tomás de Aquino, que conversa con san Agustín, san
Gregorio y san Ambrosio hablando y san Jerónimo escribiendo, inspirado por la
Sagrada Forma; además de varios ángeles y niños. En Triunfo de san Francisco o San
Francisco recibiendo los estigmas un grupo de ángeles elevan al santo a los
cielos, evitando la corrupción de su cuerpo; san Francisco y los ángeles
aparecen entre nubes y una luz mística; el santo aparece vestido con el hábito
de la Orden franciscana; la estética barroca se aprecia en el movimiento ascendente,
el volumen de las figuras y los contrastes entre las zonas iluminadas del
lienzo y las dejadas en sombra.
Francisco
Herrera el Mozo fue elegido copresidente, junto con Bartolomé Esteban Murillo,
de la recién creada Academia de Dibujo de Sevilla en 1660.
Francisco Herrera el Mozo alcanza los máximos reconocimientos artísticos durante la segunda etapa madrileña (1660-1685). Se trasladó a Madrid para atender el encargo de su amigo Sebastián de Benavente, arquitecto y ensamblador de retablos, de pintar el cuadro que ocuparía el ático del retablo de la capilla de San José del convento de Santo Tomás, de la cofradía de San José de ensambladores y carpinteros de maderas finas; el cuadro se titula Sueño de san José (1660). Se representa el momento en el que san José cae en un sueño profundo durante el cual se le aparece un ángel, que señala a la paloma, para decirle que María va a concebir a Jesús, hijo de Dios, por obra y gracia del Espíritu Santo, para salvar a los hombres de sus pecados. La escena se estructura en una línea diagonal ascendente, el cuerpo de san José; este aparece recostado, en un escorzo muy acusado, que se justifica por el hecho de que el cuadro ocuparía el ático del retablo; la paloma aparece acompañada por un grupo de querubines, un espejo y una rama de azucenas, lo que sirve para simbolizar la pureza de María, y la corona que porta uno de los ángeles que María es reina de los cielos; la pincelada es suelta, lo que permitió reproducir una atmósfera vaporosa; el juego de luces y sombras resulta violento, san José queda en umbría, mientras el Espíritu Santo desprende una luz intensa. Este cuadro está considerado una de las obras maestras del Barroco madrileño.
Francisco
Herrera el Mozo realizó otro cuadro también titulado Sueño de san José
para el retablo de la capilla de San José de la iglesia parroquial de San
Sebastián de Aldeavieja (1662), capilla funeraria de Luis García de Cerecedo,
quien encargó la obra. Este también le encargó los cuadros del retablo mayor de
la ermita de Santa María de Cubillo de Aldeavieja (1665).
Otros cuadros importantes en la producción de Francisco Herrera el Mozo durante la segunda etapa madrileña fueron Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, Santa Teresa de Jesús, San Pedro como pontífice e Inmaculada Concepción, todos pintados entre 1667 y 1670. En Santa Ana enseñando a leer a la Virgen la primera aparece como maestra, lo que permite reconocerla como doctora y representarla dentro del ciclo de pinturas que adornaban la cúpula de la iglesia de los agustinos recoletos de Madrid; la paleta de colores es escasa, predominando los tonos blancos, dorados, ocres y rojizos. En Santa Teresa de Jesús representó a esta como doctora, la mirada hacia el cielo observando al Espíritu Santo, fuente de su inspiración; santa Teresa presenta rostro ovoide y ojos vidriosos. En San Pedro como pontífice se representa al santo como el papa León I Magno en cátedra, tocado con la tiara papal rematada con una esfera del mundo y esta con una cruz, portando en la mano izquierda la cruz triple de los pueblos de Occidente, también llamada cruz papal porque solo pueden llevarla los papas; también con esta mano sujeta la llave de oro que abre el cielo; san Pedro ofrece una poderosa fuerza expresiva; en la paleta de colores predominan los tonos azules, blancos, dorados y rojizos; la pincelada es larga y pastosa. La Inmaculada Concepción de Francisco Herrera el Mozo se ajusta a un modelo distinto al habitual, ocupando la mayor parte del lienzo, con tres ángeles tapándola hasta casi las rodillas y ofreciendo una figura recogida y estática, lo que limita la sensación de elevación; de los ángeles que enmarcan a la Virgen, los que ocupan la parte superior del lienzo solo dejan ver la cabeza; en la paleta de colores predominan los tonos azules, blancos, encarnados y dorados.
Francisco
Herrera el Mozo realizó dibujos de gran valor artístico durante la segunda
etapa madrileña. Hay que citar San Mateo y san Marcos (1663-1664), en el
que ambos están escribiendo los evangelios y se los reconoce por sus atributos,
un ángel acompaña a san Mateo y un león a san Marcos; las figuras de los
evangelistas aparecen estilizadas y las dotó de movimiento mediante trazos de
pluma ejecutados de manera rápida y líneas onduladas.
Francisco
Herrera el Mozo realizó diversos trabajos como arquitecto. El primer diseño fue
el de las trazas del retablo y la urna para el cuerpo del rey Fernando III el
Santo para el presbiterio de la santa metropolitana y patriarcal iglesia
catedral de Santa María de la Sede y de la Asunción de Sevilla (1671). Se
encargó de los decorados del Salón Dorado del viejo Alcázar de Madrid, donde se
realizaron representaciones teatrales con motivo del cumpleaños de la reina
Mariana de Austria (1672). Realizó las trazas para el retablo de la iglesia del
hospital de Montserrat o de los Aragoneses de Madrid (1677), de cuya ejecución
se ocuparon José Ratés y José Simón de Churriguera. Estos trabajos le sirvieron
para que el rey Carlos II le nombrase maestro y trazador mayor de las obras
reales (1677). Diseñó la puerta de Guadalajara de Madrid para recibir a María
Luisa de Orleans (1679). Se le encargó la revisión del diseño de Felipe Sánchez
para la basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (1681), aunque se desestimó
en 1695 por la oposición del cabildo a derribar y reconstruir la primitiva
capilla.
Una parte importante de la obra de Francisco Herrera el Mozo se ha perdido, por ejemplo, los bodegones que pintó en Italia, los paisajes, los retratos y muchos dibujos para ilustrar las portadas de libros y todos los frescos que realizó para diferentes iglesias madrileñas.
No se conocen discípulos de Francisco Herrera el Mozo en el sentido tradicional del término. Sin embargo, sí era valorado por muchos artistas contemporáneos; en este sentido los pintores españoles residentes en Roma solicitaron a Gaspar de Haro Guzmán, marqués del Carpio, embajador de la Monarquía Hispánica en Roma, crease una academia, a imitación de lo que ya habían hecho Francia, bajo la dirección de Francisco Herrera el Mozo con el fin de que en ella completasen su formación los artistas españoles. Además, se reconoce la influencia de Francisco Herrera el Mozo sobre Murillo y Valdés Leal.





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